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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 256

Después de un largo silencio, Fabio soltó una advertencia:

—Vanesa, no abuses de tu suerte, ¿entendido?

Si hubiera sido la Vanesa de antes, esas palabras habrían sido suficientes para que bajara la cabeza y se disculpara de inmediato.

Pero ahora, simplemente se quedó mirándolo, con un brillo desafiante que se negaba a desaparecer de sus ojos.

—Lo siento. Si no aprovecho ahora que puedo abusar de mi suerte, ¿qué sentido tiene? ¿Esperar a que ya no pueda y termine muerta? —respondió ella, sin que su rostro mostrara emoción alguna.

En realidad, Vanesa sabía muy bien en qué terreno pisaba.

Sabía que sus palabras solo servían para desquitarse un poco, nada más.

A fin de cuentas, la ventaja la tenía ella, no él.

Sin embargo, no era tan estúpida como para creer que él realmente bajaría del auto para ir por sus brochetas.

Si ni siquiera Giselle había logrado que él se rebajara a algo así, ¿por qué iba a hacerlo por ella?

Pensó que, con el teatro que ya habían montado frente a Giselle, era suficiente.

Así que no tenía intención de seguir discutiendo con Fabio.

Levantó la mano hacia la manija, dispuesta a abrir la puerta ella misma.

Pero, de repente, la gran mano de Fabio cubrió la suya, deteniéndola en seco.

Vanesa frunció el ceño y lo miró, completamente desconcertada.

—Fabio, voy a bajar a comprar algo —dijo, intentando mantener la calma.

Contra todo pronóstico, él simplemente murmuró:

—Espérame en el coche.

Esta vez, Vanesa se quedó sin habla por la sorpresa.

Por un momento, ni siquiera supo cómo reaccionar.

Para cuando logró procesarlo, Fabio ya había bajado del vehículo por el otro lado y caminaba con su paso firme y elegante hacia el puesto de comida callejera.

Vanesa se quedó mirándolo, atónita.

¿Acaso Fabio no estaba llevando su pequeño acto demasiado lejos?

Instintivamente, echó un vistazo hacia atrás para buscar el auto de Bruno.

Era evidente que también habían reducido la velocidad.

Sin embargo, el vehículo de Bruno no se detuvo en ningún momento.

Vanesa pensó que si se hubieran detenido, Giselle habría terminado de pisotear la poca dignidad que le quedaba.

Giselle no era tonta; sabía perfectamente qué era lo que más le convenía en ese momento.

Ante la situación, Vanesa decidió mantener la boca cerrada y aguardó en silencio dentro del coche.

Su respuesta directa los dejó una vez más estupefactos.

Nadie se esperaba que fuera tan crudo, despojando a Giselle de cualquier ilusión ante la prensa.

Habiendo dejado las cosas claras, Fabio hizo el ademán de marcharse.

Pero los periodistas no iban a dejarlo escapar tan fácilmente:

—Señor Serrano, ahora que la señorita Rivas ha regresado, ¿tiene algo planeado para ella?

Fabio clavó su pesada mirada en el reportero que se había atrevido a hacer la pregunta.

La intensidad en sus ojos le provocó un escalofrío al periodista.

—Ese es un asunto privado de la señorita Rivas en el cual no pienso intervenir —soltó, con el rostro endurecido.

—Si la señorita Rivas está embarazada, ¿seguirán las colaboraciones laborales con el Señor Serrano? —atacó otro reportero, esta vez con una pregunta más venenosa.

Aún impasible, Fabio respondió:

—Para ese tipo de cosas, la empresa evaluará los pros y los contras por su cuenta.

El brillo de impaciencia en su mirada se hizo evidente mientras remataba:

—¿Hay alguna otra pregunta, señores? Mi esposa me está esperando.

Esa fue la señal inequívoca de que no pensaba soltar ni una palabra más.

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