Sin embargo, la fingida ternura de Fabio la había hecho dudar.
Por un instante, creyó que podían tener un futuro juntos.
Además, el pequeño había demostrado tener un espíritu luchador, aferrándose a la vida a pesar de todo.
Vanesa no podía ignorar algo así.
Al fin y al cabo, era su bebé.
Para Fabio sería un comodín, pero para ella jamás lo fue.
Tragó saliva y acarició su vientre con suavidad para calmarlo.
Como si la entendiera, el revoltoso pareció serenarse.
A pocos metros, Giselle seguía clavándole sus dagas.
Pegada a su amante, fingió preocupación: —Amor, ¿qué pasa si Vanesa se entera de todo?
Vanesa, al igual que su rival, estaba ansiosa por saber la respuesta.
Giselle no tardó en rematar.
Soltó un suspiro, con lástima fingida: —Bueno, ya que está embarazada, deberías tratarla con un poco de cariño, aunque solo sea por el testamento. Las mujeres encinta tienen los nervios de punta. Además, son esposos, ¿no? Dicen que donde hubo fuego, cenizas quedan...
Seguía interpretando su papel de niña buena.
—¿De verdad quieres que la trate con pinzas? —preguntó él arqueando una ceja, en tono críptico.
—Por supuesto. A fin de cuentas, lleva tu sangre, y sé lo crucial que es para ti —justificó ella con astucia.
Pero él no quiso darle más vueltas al asunto.
Giselle se mordió la lengua de rabia.
Sabía que Vanesa estaba escondida escuchando.
Su objetivo era claro: causar un aborto.
Nadie sabía mejor que ella que ese pequeño bastardo acabaría siendo su peor pesadilla.



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