—¿Cuánto tiempo crees que lleva pasando? —preguntó al fin, con la voz apenas por encima de un susurro.
—No lo sé, señor.
—¿Tan distante fui... que tuvo que buscar calor en los brazos de otro hombre? —preguntó Daven con una risa amarga. Su sonrisa se torció en algo doloroso. La frustración le pesaba—. Dios... y yo la traté de la misma forma en que ella me trató a mí.
El silencio se prolongó, interrumpido solo por el suave zumbido de las bocinas del auto reproduciendo música a bajo volumen.
—¿Qué se supone que haga con ella, Arven?
Si Daven tenía que hacer esa pregunta... ¿qué podría decir Arven?
Todo era demasiado para asimilar. Vanessa, amada por Daven, siempre su prioridad, admirada incluso por quienes envidiaban lo que tenían, lo había tirado todo a la basura.
¿Y qué había recibido Daven a cambio?
—No lo sé, señor Daven —respondió Arven en voz baja.
—Mi esposa sí que sabe interpretar su papel —murmuró Daven con una sonrisa amarga—. ¿Debería seguir fingiendo ser el marido al que no le importa? O... ¿y si yo hiciera lo mismo?
***
Cuando el auto por fin se detuvo frente al departamento de lujo donde Daven se hospedaba en Solaviz, no fue directo a su habitación. En lugar de eso, salió al balcón y dejó que las luces titilantes de la ciudad le ofrecieran un escape momentáneo de la tormenta que se gestaba dentro de él. En una mano sostenía una copa de vino que se había servido del minibar. Entre los dedos de la otra, un puro, algo que no había tocado en mucho tiempo.
El humo se elevó en el aire nocturno, arremolinándose con la brisa fría. Le daba igual que las noches de Solaviz pudieran calar hasta los huesos.
“¿Cuándo fue la última vez que me permití disfrutar esto?”, se preguntó en voz baja.
Dio un trago lento; el sabor fuerte le bajó por la garganta y le aflojó parte de la presión en el pecho. De todo lo que había lanzado su vida al caos, sus problemas con Vanessa ocupaban el primer lugar de la lista. Era lo único de lo que no podía desprenderse, el único pensamiento que le secuestraba la lucidez y lo dejaba hecho pedazos.
Si regresaba a casa y la confrontaba con todas las pruebas, Daven no tenía duda de que todo terminaría revirándose contra él. Así funcionaban las cosas. ¿Qué más había necesitado de él? Le dio a Vanessa todo: la apoyó a ella, a su carrera, a su estilo de vida ostentoso, mucho antes de que se convirtiera en la estrella que todos conocían hoy.
Pero quizá la había descuidado. A fin de cuentas, era Vanessa quien constantemente alegaba estar demasiado ocupada para que la molestaran. Quizá esa fue la grieta en su matrimonio, la brecha por la que ella se escabulló.
—Maldición —masculló entre dientes.
Hacía mucho que no la llamaba de noche. ¿Cuándo fue la última vez? Ni siquiera lo recordaba. No podía estar seguro. Durante los últimos dos años, su comunicación, si es que podía llamarse así, no había sido más que una formalidad. Solo agendas de trabajo, logística, apariciones en eventos formales. Nada real. Nada personal.
Pero esta noche se sentía diferente. Necesitaba saber: ¿qué haría Vanessa si de pronto la llamaba? ¿Confirmaría esa sensación corrosiva en la boca del estómago?
“No pierdo nada con intentar”. Una sonrisa seca le jaló la comisura de los labios. “Veamos si mi adorada esposa está más acostumbrada a quedarse dormida en los brazos de otro hombre... o si todavía me espera pacientemente para que vuelva a casa”.
La llamada sonó tres veces.
—¿Qué quieres? —contestó Vanessa, agitada y sin aliento. Escuchó el inconfundible sonido de un gemido—. Estoy ocupada. Dilo rápido.
—¿Quién te está llamando? —preguntó otra voz con claridad de fondo. James.
—Espera un segundo, James. ¿No lo metas tan profundo, puedes…? Solo... dame un momento. David quiere hablar. Creo que él...
Daven colgó.
—Maldición. —Apretó la mandíbula—. ¿Por qué diablos tuve que escucharla disfrutando las manos de otro?

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