Unas horas antes de que Daven apareciera en el preescolar de Josh.
—¿Señor Daven?
El departamento estaba en silencio. Ni un solo sonido salvo el zumbido tenue del aire acondicionado. Sin música, sin televisión de fondo. Nada. Arven sintió inquietud. Algo en esa quietud no se sentía bien, sobre todo después de lo que Daven acababa de descubrir.
“¿Será posible que…?”
—No —murmuró Arven, apartando el pensamiento. Dejó el espresso de todas las mañanas sobre la mesa, preparado justo como le gustaba a Daven. Pero reparó en algunos detalles fuera de lugar.
La botella de whisky en el minibar estaba casi vacía. El cenicero de cristal rebosaba de colillas de puro. El aroma de tabaco y clavo persistía, mezclándose apenas con el aromatizante ambiental. Con eso le bastó a Arven para entender: Daven había pasado la noche de una forma que rara vez se permitía.
Arven recorrió la sala con atención, tratando de reconstruir los restos de la noche anterior. ¿Seguiría Daven en la cama? ¿Seguiría inconsciente por el alcohol? Sería inusual… pero no imposible.
“¿Debería ir a revisar?”
En todo el tiempo que llevaba trabajando para Daven, Arven podía contar con los dedos de una mano las veces que lo había visto ebrio o perder el control. Normalmente, Daven se sepultaba entre montañas de papeleo, perdiendo horas en silencio, usando el trabajo para escapar de cualquier tormenta que rugiera dentro de él. Se mantenía ocupado, al menos hasta recuperar algo de equilibrio.
Pero quizá esta vez… había sido demasiado.
Arven lo entendía. Cualquiera habría quedado descolocado con lo que pasó.
Si hubiera sido él, Arven habría cancelado cada reunión en su agenda, tomado el primer vuelo de regreso a Aethelis y confrontado a su esposa cara a cara. ¿Cómo podía Vanessa tratar así a Daven? Después de toda la confianza que le había dado… aunque, quizá, no todo fuera enteramente culpa de ella.
Aun así, ¿engañarlo? Eso nunca era la respuesta. Para nadie.
Y ahora… un matrimonio que desde afuera lucía perfecto, admirado por muchos, se estaba desmoronando.
—Esto no es asunto mío —exhaló Arven con fuerza, tratando de sacudirse el peso de los hombros—. ¿Señor Daven? —llamó de nuevo, esta vez más fuerte—. Tal vez debería revisar su habitación.
Con un aliento vacilante, Arven se dirigió al dormitorio principal.
Acababa de llegar a la puerta cuando esta se abrió.
Daven salió, ya vestido con una camisa gris oscuro y pantalones de vestir negros. Llevaba el cabello peinado con esmero, la postura erguida. En nada parecía un hombre que hubiera estado ahogándose en desamor.
Tal vez todo era cosa de la cabeza de Arven.
Pero algo había cambiado. Porque este Daven, esta versión que tenía enfrente, se sentía más frío. E inequívocamente indiferente.
—¿A qué se debe tanto ruido esta mañana? —preguntó Daven con una mirada fría. Entró con ese aire habitual de confianza, fue al minibar y se sentó en un banco alto sin mirar atrás. Con desenfado, apartó la botella de whisky a medio vaciar de la noche anterior.
—Pedí que viniera alguien a ordenar, señor Daven. Justo después de que salgamos a la reunión que programó —respondió Arven, plenamente consciente de que Daven detestaba el desorden.
Daven no contestó. En lugar de eso, tomó la taza de café que Arven le había dejado.
—¿Qué te trae tan temprano?
Arven se rio con nerviosismo.
—Ya no es exactamente temprano, señor.
Pero se contuvo de decir más en cuanto captó la mirada hostil de Daven, que claramente no estaba de humor para bromas. Tratando de aligerar la tensión, Arven se apresuró a servir otra taza de café, esperando que ayudara a suavizar las cosas.
—Disculpe, señor. Solo quería asegurarme de que estuviera bien.
Daven dio un trago lento, sereno pero indescifrable.
—Pues estoy bien, si es lo que intentas averiguar. ¿Por qué habrías de suponer lo contrario?
Arven tragó saliva, sin saber qué responder.
—Léeme la agenda de hoy —dijo Daven sin inflexión, con la mirada fija en la taza de café.
El silencio envolvió a Daven de nuevo. Se acercó al ventanal que daba al corazón de Solaviz. Desde el piso treinta, la vista rara vez decepcionaba. Los autos se arrastraban allá abajo como filas de hormigas en marcha, los rascacielos se estiraban hacia el cielo y la ciudad palpitaba con vida.
“¿Qué se supone que haga ahora?”
Esto era algo mucho más complicado que una negociación de negocios, una licitación arriesgada o una gráfica bursátil volátil. Esto calaba más hondo, algo que le atravesaba la coraza con la que siempre se protegía.
Traición.
De su esposa.
La mujer cuya imagen pública había protegido con esmero. A quien le había dado todo: estatus, lujos, libertad. Siempre creyó que ella simplemente estaba demasiado absorta en su propia versión de la felicidad, esa que resplandece como el mundo de la alta sociedad. Pero tras bambalinas, había estado jugando con fuego.
Con alguien que ni siquiera merecía ser nombrado.
Su propio asistente personal.
Lo que lo desconcertaba no era la traición en sí, sino la ausencia de rabia. No hubo explosión. No sintió necesidad de gritar, de lanzar algo al otro lado de la habitación ni de maldecir hasta quedarse afónico.
¿No debería estar sintiendo todo eso?
Y sin embargo… no lo sentía. Todo lo que percibía era vacío. Un hueco extraño que desafiaba cualquier explicación. No tenía el corazón destrozado, pero tampoco estaba entero. Aun así sabía, en algún lugar dentro de sí, que algo se había roto sin remedio.
Algo que alguna vez se llamó matrimonio.
Un vínculo que creyó que duraría. Dos personas, juntas. Felices. Construyendo una vida de la mano hasta que la muerte los separara. ¿De verdad era pedir demasiado? ¿Por qué ahora se sentía como un sueño tan lejano?
¿Así se sentía la decepción?
Debía ser eso. Y tal vez por eso, la noche anterior, fumó y bebió; no porque hubiera perdido el control, sino porque sabía… que no había dónde colocar el peso asfixiante que cargaba. Ni siquiera dentro de sí mismo.
¿Seguía amando a su esposa?

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