Esa mañana, el estudio de Daven se impregnó con el suave aroma del té de manzanilla y el olor del pan tostado con mantequilla. La luz del sol se filtraba por los grandes ventanales que estaban detrás de su escritorio, bañando con un brillo cálido al hombre que ahora se recargaba en su silla. Sus ojos no se apartaban de la mujer que servía el té con cuidado en una taza.
Althea se veía tranquila. Su sonrisa no era muy amplia, pero bastaba para iluminar la habitación un poco más de lo habitual.
—¿Así está bien? —preguntó ella mientras ponía la taza de té junto al plato de Daven.
Él asintió apenas.
—Sí.
—Perdón por no prepararte café. Creo que se terminaron los granos que te gustan, pero compraré más esta tarde.
De nuevo, Daven solo asintió brevemente.
Comieron en silencio por un momento. Solo el suave tintineo de los cubiertos rompía la calma. Si alguien le preguntara a Althea cómo se sentía, la respuesta sería confusa. No entendía del todo por qué Daven quería desayunar ahí, lejos de los demás, pero ahora que estaba en ese espacio tranquilo y lleno de luz con él... se sentía íntimo. Casi tierno. Sin darse cuenta, se vio sonriendo más de lo normal.
—¿Qué te pasa? —Daven rompió el silencio.
—¿A qué te refieres?
—Te la pasas sonriendo —Él dejó la taza sobre la mesa—. ¿Hay algo que te haga feliz?
Althea hizo una pausa y luego se rio.
—A lo mejor te suena como una tontería, pero... es la primera vez que desayuno a solas con mi esposo. En un lugar donde nadie nos ve. Sin interrupciones.
Daven no respondió. Se quedó mirando su plato, pero no perdía detalle de cada movimiento que hacía Althea.
—No te gustó que dijera eso, ¿verdad? —preguntó ella con suavidad, notando que él se puso un poco tenso—. Perdón.
—¿Por qué siempre te estás disculpando? —Había un toque de diversión en su voz, aunque no dejó que se convirtiera en una sonrisa. Verla ponerse tan nerviosa e insegura le resultaba extrañamente entretenido—. Deja de preocuparte tanto.
Althea bajó la mirada otra vez y empezó a enrollar la servilleta de tela que tenía en el regazo por los nervios.
—Como te dije... tal vez no sea gran cosa para ti. Pero para mí, el simple hecho de estar sentados aquí comiendo así es algo que quería desde hace mucho tiempo.
Otra vez se quedaron en silencio, pero no fue incómodo.
Hasta que...
—¿Cómo te sientes? —preguntó Daven.
Althea abrió mucho los ojos por la sorpresa y bajó la mirada todavía más.
—C-como siempre —tartamudeó—. Estoy... estoy bien.
Él la observó de cerca y notó cómo su cara se ponía roja hasta las orejas.
—¿No te duele nada? —insistió él.
—Si no te molesta, ¿podríamos volver a desayunar así mañana? —Su voz bajó tanto que era casi un murmullo.
Daven se volteó hacia ella y su mirada se mantuvo ahí más tiempo del necesario. Luego, con un simple movimiento de cabeza, le dio su respuesta.
Fue entonces cuando la vio: esa sonrisa radiante que iluminó toda la cara de Althea. Sus ojos cafés casi desaparecieron por la alegría. Era como si compartir un desayuno tranquilo con él fuera el regalo más valioso que pudiera recibir.
—Gracias —dijo ella, todavía sonriendo, con una voz dulce como la miel—. Sé que probablemente no tengamos muchas mañanas como esta, a lo mejor ni siquiera nos queden dos semanas más, pero... voy a recordar esto.
Por alguna razón, sus palabras golpearon a Daven como una piedra: pesadas, sólidas e imposibles de ignorar. No le gustaba ese sentimiento, ese peso asfixiante, y no lograba entender por qué la voz de ella sonaba con tanta resignación... como si ya hubiera aceptado que esto era algo pasajero.
Mientras tanto, en el comedor principal, el ambiente no tenía nada de pacífico.
Vanessa, Kate y las dos hijas, Karina y Felicia, estaban sentadas a la mesa, pero apenas tocaban su comida. Lo caliente de los platillos se había esfumado hacía rato, igual que su apetito. ¿Y la culpable de todo? Althea.
—Mamá, ¿ya no podemos correrla? —se quejó Karina, moviendo su sopa sin ningún interés.
Kate hizo un sonido de fastidio con la boca.
—Si Daven no se interpusiera, ya lo habría hecho hace mucho tiempo.
—¿En serio cree que un desayuno con él va a cambiar algo? —se burló Felicia con los ojos entrecerrados por el asco.
—Es patética —añadió Karina con tono—. Se hace la inocente y la buena, preparando el desayuno y jugando a ser la esposita perfecta. Pero todas sabemos la verdad.

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