Capítulo 328
-¿Podrías tomar el del paquete azul, no el verde?
-El azul es más caro, ¿sabes?
-Por eso te pido que lo tomes tú, así no quedo yo como la derrochadora.
Daven rio, cediendo a la petición de Althea, y colocó las toallas de cocina en el carrito.
-Si me sigues arrastrando a estas compras cada mes, voy a terminar memorizando todas las marcas de la tienda.
-Esa es la idea -respondió Althea con una sonrisa -. Así, el mes que viene, puedes venir tú solo.
-¿Y perderme caminar a tu lado? Ni de broma.
Empujó el carrito junto a ella, con pasos lentos y tranquilos por el pasillo silencioso. De vez en cuando, Daven le miraba el perfil: luminoso, sencillo y sereno de una manera que siempre lo apaciguaba.
-Acabo de darme cuenta -dijo en voz baja-, cuando todavía era tu esposo, nunca hacía cosas
como esta contigo.
Althea le echó un vistazo mientras revisaba el estante de los jabones.
-Ni siquiera sabías cuánto costaba el detergente para la roра.
Daven bajó un poco la cabeza, con una sonrisa apenada.
-Sí. Era un idiota. Creía que mientras hubiera de todo en casa, era suficiente. Pero lo que en realidad necesitabas era algo así de sencillo: estar juntos.
Althea sonrió, pero con calidez.
-Te tomó bastante darte cuenta.
-Aprendí mucho -murmuró-. Sobre la paciencia, sobre escuchar... y sobre apreciar las pequeñas cosas.
Se detuvo frente a la sección de comida para bebé y tomó un frasquito.
-Esta es la marca que toma Grace, ¿verdad?
-Asi es -respondió Althea, agregando dos frascos más al carrito-. Ahora sí te acuerdas.
-¿Lo ves? Subí de nivel: pasé de ser un esposo fracasado a un compañero de compras bastante decente.
Althea se rio suave.
-Eres más que eso ahora.
Daven la miró con curiosidad.
-¿Más?
-Más paciente, más atento... y más presente.
Él exhaló despacio.
-Tal vez porque tengo miedo de perder esta segunda oportunidad.
Althea dejó de caminar.
-¿Sabes, Daven? Yo también tengo miedo.
-¿Miedo de qué?
-De acostumbrarme demasiado a tenerte cerca.
Daven no respondió. Solo sonrió y siguió empujando el carrito hacia la caja.
Cuando salieron del supermercado, el aire de la tarde se sentía suave y templado. El cielo estaba
pintado en tonos dorados y anaranjados: el atardecer se acomodaba sobre la ciudad.
-A Josh le va a encantar esto -dijo Daven mientras abría la cajuela del auto-. Pidió helado de fresa otra vez.


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