Capítulo 378
La botella se estrelló contra el pavimento y se hizo añicos donde había estado la cabeza de Daven un segundo antes. Arven reaccionó alarmado y les hizo una seña a los guardias para que cerraran filas.
Y entonces, los flashes. Las cámaras de los noticieros disparaban sin control, alimentando aún más el frenesí.
-¡Lo están protegiendo!
-¡No lo dejen escapar!
La furia de la multitud se transformó en movimiento, urgente, violento. La gente empezó a empujar contra las barricadas, mientras dos guardias encubiertos se adelantaron para sostener la línea.
-¡Que nadie se acerque! -ordenó Arven, en voz baja pero tajante-. No toleraremos agresiones.
-Tenemos que volver al auto -dijo uno de los guardias por el auricular-. Control de tránsito ya viene en camino para asegurar la zona.
-Esperen. Yo no...
-Señor Daven, esto no es una negociación. - Arven le apretó el hombro, firme y constante-. No vinieron a hablar.
Frente a ellos, un hombre mayor se abrió paso entre la multitud con una piedra del tamaño de un puño apretada en la mano.
-¡No nos creemos ni una palabra de su familia!
¡Nada ha cambiado! ¡Lo único que quieren es nuestro dinero!
Uno de los guardias se movió rápido y bloqueó al hombre antes de que pudiera acercarse más. La multitud rugió en respuesta, alimentándose de la ira ajena. Los niños lloraban, las madres gritaban y los reporteros tomaban fotos como si toda la escena hubiera sido montada para ellos.
Momentos después, los policías apostados cerca se lanzaron a contener el caos. Aun así, la mayoría de los manifestantes los insultaba a gritos, hablando de injusticia y traición.
Arven por fin jaló a Daven hacia el auto.
-Nos vamos. Ya.
A Daven no le quedó más opción que subirse. En cuanto la puerta se cerró de un golpe, el rugido de la multitud golpeó contra el vidrio como puños.
-No esperaba que llegara a este extremo - murmuró Daven, con la mandíbula tensa.
-Yo tampoco, señor. Los datos que vi no se parecían a esto. Esta protesta tiene que estar orquestada. Alguien los está azuzando a propósito -respondió Arven—. Hasta vi reporteros esperando su llegada. Todo está demasiado...
coordinado.
La mirada de Daven volvió a la ventana, observando a la gente empujar contra las barricadas y discutir con los oficiales que intentaban contenerlos.
-Si no hubiéramos tenido protección allá afuera...
-No habría sido solo una botella lo que le habría caído encima, señor Daven. Tal vez lo habrían sacado a rastras y exigido respuestas en el momento. -Arven exhaló con fuerza y se frotó la frente-. De verdad me está sacando canas hoy.
El auto arrancó a toda velocidad, dejando atrás una
tormenta de voces y puños alzados. Daven cerró los ojos un momento y obligó a su respiración a calmarse.
-Suficiente por hoy -dijo al fin-. Avísales a los representantes de los manifestantes que me reuniré con cuatro de ellos. Solo cuatro. Mañana en la mañana.
-Entendido. —Arven ya estaba tecleando en su celular, pero antes de continuar, agregó-:
Deberíamos pasar primero por un hospital.
Necesita que lo revisen. No quiero que la señora Althea ande preocupada por usted después.
*** La habitación de hotel estaba en silencio, pero la tensión seguía como humo. Daven se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el sofá. Esa noche, una copa de vino era lo único que quería, lo justo para apaciguar la irritación que le quemaba el pecho.
Sus ojos vagaron hacia el televisor, donde las noticias repetían el caos en bucle.
-Genial -murmuró con frialdad-. Ahora toda Solaviz sabe que alguien me arrojó una botella.
Su celular sonó. Casi lo ignora, hasta que vio elnombre.

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