Capítulo 396
La puerta de la sala de juntas se cerró tras ellos. El clic fue suave, pero bastó para cortar la atmósfera tensa que quedaba dentro. Daven avanzó por el corredor con pasos firmes, los hombros erguidos, como si la reunión no hubiera sido más que un trámite rutinario.
Una vez dentro de su despacho temporal, se aflojó la corbata y la arrojó al sofá. El saco siguió el mismo camino, colgado con descuido en el respaldo de una silla. Respiró hondo y exhaló despacio.
Arven quedó unos pasos atrás, todavía procesando lo que acababa de ocurrir.
-Sinceramente, señor -dijo Arven al fin-, no me lo esperaba.
Daven volteó apenas la cabeza.
-¿Lo de Bret?
-O lo de ese hombre -continuó Arven-. Oscar.
Pensé que era otro peón. Pero que trabajara directamente para uno de los comisionados... eso me agarró desprevenido.
Daven caminó hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo con suavidad sobre Rioverde, dibujando hilos finos de agua en el vidrio.
-Por eso justamente lo escogieron -dijo con calma-. Alguien como Bret no usaría un peón fácil de rastrear.
Arven asintió despacio.
-Oscar admitió que recibía instrucciones directas.
El malestar entre los habitantes afectados, las demandas de compensación e incluso el momento en que apareció... todo estaba cuidadosamente orquestado.
-Si no hubiera apretado un poco más, estoy seguro de que se habría quedado callado hasta el final - comentó Daven sin entonación-. ¿Ya les dijiste que se lo entreguen a Cale?
-Sí, señor. También asigné a varios hombres para que lo custodien. Por si su desaparición repentina levanta sospechas y se convierte en un problema para nosotros.
-Bien. -Daven se frotó las sienes y exhaló hondo -. Lo que hizo al final del interrogatorio fue...
inquietante.
Arven apretó la mandíbula y cerró los puños.
-Se mordió la lengua, señor. Sin titubear. Como si... ya hubiera decidido desde el principio que esa era su salida.
Daven sonrió apenas. Acercó una silla y se sentó con pesadez, como si por fin dejara caer un peso que le oprimía los hombros.

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