Capítulo 404
Daven comía con calma, intercalaba preguntas atinadas en los relatos atropellados de Josh y le seguía la corriente a Grace en su torrente interminable de comentarios sin importancia. En ese momento, esa mañana, les pertenecía por entero.
Desde la cabecera de la mesa, Riana y Nathan cruzaron una mirada silenciosa y cómplice. Esa intimidad no era una puesta en escena; se había forjado a lo largo de años de pequeños hábitos, de presencia constante, de una sensación de seguridad que no necesitaba gritarse para sentirse.
Althea acercó el plato a Daven, asegurándose de que tuviera suficiente para comer. Cuando él levantó la mirada y se cruzó con la suya, ella le regaló una sonrisa, no un gesto grandilocuente, sino el más honesto del que era capaz. Era la sonrisa de una esposa que ve a su esposo exactamente donde debe estar.
Por un instante, el mundo de afuera, con sus crisis, presiones y caos creciente, pareció quedarse a años luz. Solo existía una mesa de desayuno sencilla, la risa de dos niños y dos adultos que se entendían sin pronunciar una palabra. Era suficiente. La calidez de la mañana se sentía como una armadura, suficiente para enfrentar lo que esperara del otro lado de la puerta.
***
Cuando terminó el desayuno, la casa se transformó en un torbellino de movimiento. Los niños se echaron las mochilas al hombro, se ataron bien los zapatos y guardaron las loncheras. Daven dio un beso prolongado en la frente de Grace y revolvió con cariño el cabello de Josh. Salieronjuntos, con los niños aún parloteando sin parar.
Daven había decidido tomarse el tiempo para dejarlos él mismo en la escuela. Antes de salir, se volvió hacia Althea, y su expresión se transformó en algo más serio.
—Ten cuidado —dijo con suavidad.
—Lo tendré. —Althea no necesitaba que se lo explicara; sabía qué significaba su advertencia.
Poco después, la casa se sumió en un silencio espeso.
—Mamá, estoy lista —dijo Althea, volviéndose hacia Riana. Tenían una cita que cumplir, una promesa hecha a alguien que ya no estaba.
Riana asintió con solemnidad.
—Yo también lo estoy.
Cale se puso de pie y tomó su celular.
—Erick se encargará de la escolta. Dos vehículos más los seguirán por detrás. —Miró a Althea y a su madre con intensidad—. Daven tiene razón. Tengan cuidado.
—Gracias —respondió Althea.
—También pedí vigilancia discreta a distancia — añadió Cale en voz baja—. Solo por precaución.
Nathan tomó el saco de su traje.
—¿Vas a ver a Daven o pasas primero por tu oficina? —le preguntó a Cale.
—A la oficina de Daven. Hay algunas cosas que debemos afinar.
Nathan asintió, con el peso tácito de sus vidas entrelazadas. Al cabo de un momento llegó el auto.
Erick abrió la puerta y los saludó a todos con su habitual profesionalismo cortés.
El trayecto fue corto. Pronto llegaron al cementerio, el lugar donde Chase Miller dormía su sueño eterno y apacible.
Un velo delgado de bruma matinal aún se aferraba al camposanto. Árboles altos se erguían como centinelas en hileras; sus hojas goteaban rocío con lentitud sobre la tierra oscura y húmeda.
Allí no se oía ni el tráfico ni el bullicio ensordecedor de la ciudad. Solo se oía el suspiro suave del viento que serpenteaba entre las lápidas y traía ese aroma penetrante, inconfundible, de tierra mojada, el aroma de una despedida que siempre pesaba demasiado en el corazón.
Althea caminaba despacio, con pasos tan ligeros como si temiera que su presencia pudiera perturbar la quietud. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. La gravilla fina crujía bajo sus zapatos y el sonido resonaba demasiado fuerte en el silencio.
Riana caminaba a su lado sin decir nada, y de vez en cuando le apretaba el brazo, un ancla muda que le hacía saber que no estaba sola.
Ahí descansaba Chase Miller. Ya no era el hombre de la sonrisa dulce, el que siempre sabía sostenerla con la voz. Ya no era el esposo que había permanecido a su lado durante las distintas etapas de su vida. Ahora era apenas un nombre grabado en piedra fría, con fechas talladas debajo que le parecían crueles, demasiado breves frente a toda una vida de recuerdos compartidos.
El silencio que siguió fue tenso e incómodo. Riana avanzó medio paso; sus instintos protectores se activaron.
—Estamos aquí por Chase.
Selena ofreció una sonrisa quebradiza, de labios apretados.
—Por supuesto. Es solo que... no esperaba verte.
Althea asintió.
—Bueno, ahora ya sabes que no lo he olvidado.
—Sí, qué bueno saberlo —murmuró Selena, con una sonrisa cada vez más fría–. Supongo que pensé que, después de todo lo que heredaste del difunto Chase Miller, tal vez ya habrías dejado de mirar atrás.
La expresión de Althea se volvió seria y un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué se supone que quieres decir con eso exactamente?
Selena se limitó a encogerse de hombros, sin hacer caso de la pregunta. Pasó un brazo por los hombros de Eli y guio a la niña hacia la lápida.
—Saluda a tu padre, Eli —ordenó.
La niña obedeció.
—Hola, papi. Perdón por venir a verte hasta ahora.
De ahora en adelante voy a venir más seguido. Soy tu hija, Eli. ¿Te acuerdas de mí?

Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad
Y que pasó con el embarazo de Lydia??...
Que aburridaaaaaa ya está la novela...
Que decepción esperaba la luna de miel de Naomi y Chris...
Me gusta esta historia pero se nota que está hecha con IA (no me molesta) Pero la IA en algún punto comienza a olvidar cosas o a confundirse, solo tengan cuidado con los detalles ya van varios que se les escapan...
Porque Eli no le dice mamá althea y papa a Dave . No la adoptaron?...
Esa autora habla más que los propios personajes jajaja unos grandes textos y pequeños diálogos...
Que molesto es tener que pagar y tener que esperar que suban 5 capítulos diario... Por favor ya...
Suban la novela completa...
De verdad me molesta que tengo que pagar por 5 capítulos diariamente más...
Terminen de subirla por favor...