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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 418

Capítulo 418

Cale cerró la última carpeta y la deslizó por el escritorio hacia Arven.

—Es suficiente. Lo demás lo leeré después.

Arven asintió.

—Si necesita...

—Lo sé —cortó Cale, seco.

Ya estaba tomando su saco cuando el celular le vibró en el bolsillo. Llegó un mensaje.

"Ya estoy en el vestíbulo".

Cale chasqueó la lengua y tecleó rápido.

"Cinco minutos. No te desaparezcas antes de que baje".

Sabía qué clase de persona lo esperaba abajo. La paciencia no era el fuerte de Lydia. Un minuto de retraso y podía irse sin mirar atrás.

—Dile a Daven que ya me voy —dijo Cale, ya en movimiento, antes de que Arven alcanzara а responder.

El ascensor bajó rápido. Cuando las puertas se abrieron, el vestíbulo del Grupo Callister se extendía amplio y frío, igual que siempre. Cerca del sofá de cuero gris, Lydia estaba sentada con las piernas cruządas, revisando el celular. Tenía un pie apoyado con desgano sobre el piso y la cara inexpresiva, con el aire inconfundible de quien lleva rato esperando.

Como si llevara ahí mucho tiempо.

—Tardaste —dijo, sin levantar la mirada, cuando Cale se acercó.

—Tu paciencia sí que es corta —respondió Cale, despreocupado—. Dije cinco minutos.

Lydia echó un vistazo al reloj.

—Seis.

Cale sonrió de lado.

—¿Los estabas contando?

—Por supuesto —contestó Lydia, fría—. No me gusta que me hagan perder el tiempo.

—Mira tú —dijo Cale, ligero. Se dejó caer a su lado y le apoyó la cabeza en el hombro sin la menor vacilación, sin importarle las miradas ajenas—.

Considerando que viniste sin que yo te lo pidiera.

Lydia bloqueó el celular de un golpe.

—Acabo de terminar una junta en esta zona. Pensé en pasar por ti. No te creas tanto.

—Qué bueno saberlo. —Cale se inclinó un poсо hacia ella—. Por un momento, pensé que me habías extrañado.

Lydia suspiró.

—Ni en tus sueños.

Aun así, Cale notó la forma en que Lydia exhaló, un poco más relajada, en cuanto lo vio. No se le escapó, aunque eligió fingir que sí. Y por esa misma razón se aguantó la sonrisa.

—Vamos. No tengo mucho tiempo —dijo Lydia, animándolo a levantarse.

Lydia le pasó las llaves del auto al hombre que llevaba casi dos años siendo su pareja.

—¿Cenamos fuera? —ofreció Cale mientras la seguía—. Conozco un lugar tranquilo. No demasiada gente.

Lydia negó sin pensarlo.

—No.

—Qué rápido.

—Porque la respuesta es obvia —respondió Lydia —. Quiero ir a casa. Comer en casa.

Cale se detuvo.

—¿A casa de quién?

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