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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 441

Capítulo 441

En otra parte de la ciudad, Cale se dirigía hacia un lugar que solía frecuentar. Iba al volante, con las manos firmes y los ojos puestos en el tráfico. El celular vibró en la consola central. El nombre de Erick apareció en la pantalla.

—¿Qué pasa? —preguntó Cale sin rodeos apenas atendió. La carretera se extendía hacia las afueras al oeste de Solaviz.

—Encontramos una conexión bastante clara —dijo Erick, tenso—. El médico que firmó la prueba de ADN inicial tiene antecedentes de reuniones con Harold.

Cale se puso serio.

—¿Cuándo?

—Al día siguiente de que Harold saliera de prisión —respondió Erick enseguida—. Lo seguimos por las cámaras del estacionamiento y por el registro bancario de una cena. Se reunieron en un lugar privado. No duró mucho, pero fue significativo.

Cale esbozó una sonrisa. Las piezas dispersas en su mente empezaron a encajar.

—Bien. Eso significa que no podemos darnos el lujo de perder más tiempо.

—Hay algo más —continuó Erick—. Ese médico no actúa solo. Alguien le da instrucciones.

—¿Es Selena? —cortó Cale.

Erick titubeó una fracción de segundo.

—Todavía no podemos confirmarlo, pero...

—No hace falta confirmarlo ahora —dijo Cale con calma—. Solo mantén al médico bajo vigilancia. No lo toquen todavía. Si se presenta una oportunidad segura, llévenlo al sitio donde está Oscar. Los quiero frente a frente.

—Entendido, señor.

La llamada terminó. Cale miró el reloj. Iba a tiempo.

El auto se desvió de la carretera principal y entró en un tramo flanqueado por árboles altísimos. Los troncos crecían tan juntos que formaban un corredor natural y partían la luz del sol en astillas.

Allí el aire era más húmedo, con un dejo salado, señal clara de que la costa no quedaba lejos.

Casi no había actividad. Unos pocos edificios viejos

aparecían muy separados entre sí; algunos parecían almacenes abandonados desde hacía años. El asfalto estaba agrietado, las marcas del carril desvanecidas.

El lugar había sido elegido a propósito porque era lo suficientemente aislado para no llamar la atención, pero lo bastante cerca de la ciudad por si las circunstancias cambiaban deprisa.

Cale aminoró la marcha y examinó los alrededores.

Ningún vehículo sospechoso. No se oía nada salvo el romper de las olas y el susurro de las hojas mecidas por el viento. Apagó lo que venía escuchando durante todo el trayecto y dejó que el silencio hiciera su trabajo.

Oscar debía conocer bien lugares como ese, pensó Cale. Lugares que dejaban a la gente sola, aislada y, tarde o temprano, dispuesta a hablar. Y si hablar seguía sin ser una opción, a Cale le sobraban métodos para arrancarle palabras a cualquiera.

Se detuvo frente a un edificio bajo, con paredes de concreto deslucido. Una puerta pesada de acero permanecía cerrada, custodiada por dos hombres casi inmóviles. En cuanto el auto se detuvo, uno de ellos abrió la puerta sin preguntar nada.

Cale bajó del auto y se acomodó los puños de la camisa. Parecía sereno, pero tenía la mirada helada, esa clase de calma que inquieta a la gente.

—¿Sigue sin hablar? —preguntó al entrar.

—Desde ayer, señor —respondió el guardia con sequedad—. Dice que usted solo está perdiendo el tiempo.

Cale sonrió apenas.

—Entonces es hora de sacarle esa idea de la cabeza.

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