Capítulo 465
Oscar levantó la cabeza despacio. Le costaba respirar; el pecho le subía y bajaba de forma irregular.
—Si te niegas —continuó Cale, con una calma sin ninguna amenaza evidente, y por eso mismo mucho más aterradora—, recuerda que tu hijo sigue aquí. Y no puedo garantizar lo que pase después.
Oscar cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas le resbalaron, una a una, en silencio.
—Está bien... está bien —dijo al fin, casi en un susurro—. Voy a llamar.
Le pusieron el celular en la mano. La pantalla se encendió. A Oscar le temblaron los dedos al marcar ese número que se sabía de memoria, el que durante tanto tiempo había sido a la vez su salvación y su condena.
La línea sonó. Una vez. Dos veces.
—¿Quién habla? —preguntó alguien al otro lado, en un tono cauteloso.
Cale le hizo una señal a su equipo. El rastreo comenzó. A Oscar le costó tragar saliva.
—Harold —dijo, ronco—. Soy yo.
Silencio. Luego se escuchó una exhalación corta, seguida de una risita casi imperceptible.
—¿Oscar? —Sonó sorprendido, pero no preocupado —. ¿Por qué llamas a estas horas?
—Perdón por molestarte —respondió Oscar de prisa, intentando sonar familiar, normal, sin tensión. Hasta logró sobreponerse al dolor que sentía en la boca—. Solo quería asegurarme de que te llegó el último reporte sobre Rioverde.
Una breve pausa.
—Ah. —Harold rio—. Así que es por eso.
Oscar tragó saliva.
—No he recibido ninguna confirmación de seguimiento. Pensé... que era mejor escucharlo de ti.
—Te preocupas demasiado —dijo Harold con soltura—. Todo va según lo planeado. Va incluso mejor de lo que esperaba.
7
Oscar cerró los ojos un instante.
—¿Así que... no hay más complicaciones?
—¿Complicaciones? —Harold se rio—. Ya no queda nada que pueda ser un problema. La directiva ya se puso del lado de Bret. Ese asunto ya quedó cerrado.
Rioverde ya está bajo el control de quien corresponde.
Oscar asintió, aunque Harold no pudiera verlo.
—¿Y... el director Callister?
—¿Ese desgraciado? —Harold suspiró—. Están demasiado ocupados apagando los incendios que provoqué con sus propios reportes.
Oscar eligió sus palabras con cuidado, temiendo hacer la pregunta equivocada o alargar la conversación de un modo demasiado obvio. Un solo paso en falso, y Harold sospecharía. Entonces el objetivo de Cale, ubicar a Harold con exactitud, podría fracasar.
—Supe... que hubo cierto interés de otros.
—¿La fiscalía? —lo interrumpió Harold, tranquilo —. Por supuesto.
Oscar contuvo el aliento.
—¿Así que...es cierto?
—Los expedientes están listos —respondió Harold, sin darle importancia, como si hablara del clima—.
Auditorías, cargos por manipulación, el rastro del dinero. Todo en orden. Solo esperamos el momento adecuado.

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