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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 472

Capítulo 472

—Voy a ir a la Fiscalía.

Althea habló con voz pareja, pero decidida. Estaba de pie en la sala, con el celular todavía en la mano, esperando la respuesta de Arven al otro lado de la línea. Lydia ya cuidaba a Josh y a Grace, que parecían empezar a olvidar lo que había pasado esa mañana.

Pero Althea no podía quedarse quieta. Necesitaba ver a su esposo. Necesitaba saber cómo estaba.

—No, señora Althea —respondió Arven con tensión —. No se lo aconsejaría.

—Arven. —Althea tomó aire un instante—. No te pido consejo. Te digo lo que voy a hacer.

—La situación en la Fiscalía es inestable —dijo Arven, intentando mantenerse firme—. Los reporteros siguen ahí reunidos, esperando novedades sobre el señor Daven. Cada movimiento que haga quedará grabado y se interpretará de mil maneras.

—Por eso mismo —respondió Althea—. Daven está solo allá adentro.

—No está solo —argumentó Arven—. Hay supervisión, hay oficiales...

—No me refiero a eso —lo interrumpió Althea. Alzó la voz, pero se obligó a bajar el tono—. Como su esposa, tengo derecho a estar ahí.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Señora Althea —dijo Arven en voz más baja—, su presencia podría empeorar las cosas. Están buscando una grieta. No les dé más material para acorralar todavía más al señor Daven. Y creo que el señor Daven, por ahora, no quiere que lo visite.

Althea cerró los ojos para contener la emoción que la desbordaba.

—¿Crees que me voy a creer eso? Soy la esposa de Daven. Necesito saber cómo está. ¿Entiendes?

Nathan, que había permanecido callado hasta entonces, dio un paso al frente.

—Dame el celular.

Althea se volvió y se lo entregó sin protestar. Tenía la cara roja de tanto contenerse.

—Arven, soy Nathan —dijo sereno, pero firme—.

Deja que Althea vaya.

—Señor Nathan...

—No tiene nada de malo que lo haga —continuó Nathan—. Daven no infringió la ley. Y como familia, no se le puede prohibir a Althea estar presente.

—La presión de los medios...

—Yo me hago responsable de eso —lo interrumpió Nathan—. Y si alguien tiene algún problema, que lo arregle conmigo.

Esta vez, el silencio se alargó.

—Voy a organizar una escolta —dijo Arven al final, reacio pero conforme—. Y le pido que la señora Althea siga las instrucciones del equipo legal.

—No voy a hacer ninguna imprudencia — respondió Althea—. Solo quiero ver a mi esposo.

La llamada terminó.

Al poco tiempo, dos miembros del equipo legal que llevaba el caso de Daven llegaron a la residencia de la familia Miller. Los hicieron pasar al estudio de Nathan enseguida. Se sentaron frente a Althea, con carpetas gruesas y cuidadosamente ordenadas

sobre el escritorio que los separaba.

—La situación de Daven no es simple —empezó uno de los abogados—. Aun sin una orden de detención oficial, el régimen de vigilancia restringe mucho sus movimientos.

—¿Qué significa eso? —preguntó Althea.

—Cada comunicación está vigilada —continuó el abogado—. Cada reunión queda registrada. Y, lo más importante, la incautación de los archivos de la empresa nos impide acceder a todos los datos comparativos que necesitamos.

—Ya demostró que los proyectos que manejó estaban limpios —intervino Althea.

—Exacto —asintió el segundo abogado—. Eso es lo que hace tan irregular esta situación. Legalmente, la presión de la investigación debería estar bajando, no aumentando. Y el señor Daven no debería tener que permanecer ahí, ni siquiera temporalmente.

Nathan se recostó en su silla.

—¿Entonces lo retienen sin el debido proceso?

—En términos generales, sí —contestó el abogado

Caminaba firme, con la espalda recta y la cara serena, aunque apretaba la mandíbula. No giró la cabeza, no asintió, no dio una sola reacción que pudieran retorcer hasta convertirla en titular.

Con su silencio, las voces se alzaron más.

—Señora Althea, ¿también viene a dar una declaración?

—¿Esto significa que las acusaciones no son ciertas?

Althea no respondió. Para sus adentros repetía una plegaria sencilla. Que esto termine pronto, que Daven esté bien, que esto no destruya a nuestra familia. Las puertas de cristal de la Fiscalía se deslizaron y se abrieron. El ambiente de adentro era distinto, más frío, más silencioso y mucho más opresivo.

En cuanto entró, las voces de los reporteros quedaron amortiguadas tras los gruesos muros. Los destellos de las cámaras quedaron afuera. Solo el eco de sus tacones contra el frío piso la siguió.

Althea se detuvo un momento para recobrar el aliento.

—¿Se encuentra bien, señora Althea? —preguntó uno de los abogados que la acompañaban.

—Sí. Estoy bien. —Althea respiró hondo y se aferró a la correa del bolso que llevaba al hombro.

—Entonces, sígame, por favor, hasta la sala del señor Daven.

Sabía que de puertas para adentro Daven enfrentaba algo mucho más despiadado que las cámaras y sus destellos.

Y, por primera vez desde que el auto se había detenido, Althea se permitió aferrarse a la esperanza de que algún día todo aquello quedara atrás, sin tener que volver a soportar días como esos.

—Esta es la sala donde está el señor Daven por ahora.

Althea se detuvo frente a la puerta de cristal de la sala de espera especial. Se le oprimió el pecho, no por miedo, sino al imaginar a Daven pasando solo por todo eso.

Cuando la puerta se abrió y lo vio sentado adentro, el agotamiento de Daven era inconfundible.

—¿Althea? —preguntó en voz baja, casi incrédulo.

Althea entró sin decir palabra y abrazó a su esposo con fuerza.

—¿Qué haces aquí, cariño?

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