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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 492

Capítulo 492

—Ah... qué alivio.

Selena dijo esas palabras con ligereza, como si acabara de librarse de una carga pesada y no de salir del centro de la tormenta que le había sacudido la vida a Eli hasta los cimientos. La niña volteó despacio. Desde que se subió al auto había preferido guardar silencio, de espaldas a la ventanilla que aún destellaba con los flashes de las cámaras y resonaba con las voces de los reporteros que seguían afuera.

Muchos de ellos seguían intentando que su madre diera más detalles sobre la declaración que había hecho minutos antes. Nadie esperaba lo que su madre acababa de hacer. Nadie. Aun ahora, Eli sentía que estaba soñando.

Le palpitaba la cabeza, tenía el pecho oprimido y apretaba los puños para contener el temblor.

Eli jamás imaginó que su madre fuera capaz de llegar tan lejos. Sin avisar, sin su consentimiento, sin siquiera decirle qué planeaba hacer. Ni una sola frase que le diera la oportunidad de elegir. Se sentía como un objeto arrastrado a un escenario, obligada

a quedarse de pie bajo luces cegadoras y luego abandonada para enfrentar sola al mundo.

Le costó tragar saliva.

—Mamá...—dijo con un susurro—. ¿Por qué no me dijiste nada antes?

Selena la miró de reojo y arqueó una ceja.

—¿Decirte qué?

—Que ibas a hacer eso —dijo Eli, sin poder respirar bien—. Contarles a todos los resultados de la prueba de ADN.

Selena suspiró y volvió la vista al frente.

—Si te lo hubiera dicho, lo habrías echado todo a perder.

Eli se quedó viendo a su madre, incrédula.

—¿Echarlo a perder? ¿Por qué iba a echarlo a perder?

—Te habrías negado. Te conozco —respondió Selena, recostándose cómoda en el asiento del copiloto—. Basta. No tienes nada de qué preocuparte. Lo hiciste muy bien allá afuera. Seguro me van a contactar en cualquier momento.

—Mamá...

Selena la interrumpió.

—Deberías estar orgullosa. Agilicé las cosas para que puedas mudarte a casa con los Miller.

Las palabras le pegaron como un golpe. Eli miró a su madre y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Orgullosa? —Le tembló la voz—. No estoy nada orgullosa, mamá. Odio que la gente hable de mi vida como si ni siquiera fuera un ser humano.

—¡No hables así! —le dijo Selena—. ¿Sabes lo que acaba de pasar? Ahora todo Solaviz sabe quién eres y qué lugar te corresponde. Y la mayoría está de tu lado.

Se quedaron frente a frente. Eli la miraba con decepción, y las lágrimas que había estado conteniendo le rodaron por las mejillas. Selena, en cambio, la miraba fastidiada. Nunca esperó que la niña le respondiera ni que dejara de ser tan obediente como siempre.

—Yo nunca pedí que la gente me apoyara, mamá — dijo Eli, secándose las lágrimas—. Esto duele.

Selena la miró con dureza.

—¿Que no lo pediste? —Hizo una pausa antes de estallar—. ¿Olvidaste cuánto tiempo me rogaste que te dejara conocer a la familia de tu padre?

¿Cuántas veces lloraste porque te sentías sola, como si no tuvieras familia?

—¿Agradecida de qué?

—De que hice que todos se enteraran de ti —le dijo Selena—. Después de esto, Riana y la familia Miller no van a tener opción. No se atreverán a rechazarte otra vez. Tendrán que llevarnos a la residencia principal de los Miller. Se acabó lo de esconderte como si fueras una vergüenza.

Eli cerró los ojos. Temblaba sin control.

—No quiero obligarlos.

—¿No te bastó la cachetada para entrar en razón?

—Selena perdió la paciencia. Sin titubear, agarró a Eli del cabello suelto y tiró con fuerza hasta obligarla a levantar la cabeza.

No le importó que Eli hiciera una mueca de dolor y le suplicara que la soltara. Selena todavía no quedaba satisfecha.

—Solo estás reclamando lo que te corresponde.

Eres la hija de Chase Miller. Recuérdalo, Eli.

Eli aún no lograba emitir más que gemidos quebrados, hasta que...

—¿No vas a responder? —Selena le tiró del cabello con más fuerza—. ¡Respóndeme! Eres la hija de Chase Miller, y lo que hiciste hoy fue reclamar tus derechos. ¿Entiendes?

Eli no tuvo más remedio que asentir.Aun así, las lágrimas le seguían cayendo. Selena la soltó por fin.

Le quedó un dolor palpitante, pero la herida más profunda era la que llevaba en el corazón.

"Perdóname, Josh. Perdóname, abuela", susurró en su mente.

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