En la mansión Miller, el ambiente en el comedor seguía tenso, y más de una mirada se clavaba en Selena. La pregunta de Althea la había dejado sin palabras por un momento, pero Selena la miró con dureza.
Entonces… se rio.
—Te comportas como si fueras alguien importante en esta casa —se burló Selena, y se cruzó de brazos.
Eli bajó más la cabeza, con las mejillas ardiéndole de vergüenza. No esperaba que su madre llegara tan lejos. La cena de esa noche podría haber sido una oportunidad para que la familia Miller las aceptara.
Eli nunca había buscado eso. Solo quería compartir una comida con personas que ya consideraba su familia. Para ella, Nathan y Riana eran sus abuelos.
Pero las palabras de Selena solo recibieron indiferencia. Varias sirvientas acababan de dejar los últimos platos. El aroma de la sopa caliente y de los platos fuertes llenaba el comedor. Althea ni siquiera volteó.
Se quedó tranquila junto a su silla y acomodó los platos y los tazones frente a ella. Seguía con el mismo gesto amable, como si no hubiera oído una sola palabra.
—Por favor, asegúrese de que sirvan todo lo que preparó —le dijo al ama de llaves principal—. Sería una lástima que la comida se enfriara.
—Sí, señora —respondió la mujer.
En segundos, las sirvientas aceleraron el paso. Levantaron las tapas, repartieron los platos y sirvieron las bebidas. Se movían con tal eficiencia silenciosa que el comentario de Selena quedó en el aire, como si nunca hubiera existido.
Selena se quedó paralizada. No esperaba que la ignoraran así. Que todos siguieran las instrucciones de Althea, como si tuviera autoridad en esa casa, no hacía más que empeorarlo.
—Estoy hablando —insistió Selena, ahora más fuerte.
Nadie respondió.
Nathan le servía una bebida a Riana. Lydia ayudaba a Grace a acomodarse la servilleta sobre el regazo. Josh le contaba algo a Daven en voz baja sobre la escuela. Hasta Eli ayudaba a Lydia a servir puré de papa en su plato.
Althea ya estaba sentada, tranquila e imperturbable.
—Papá —llamó Althea a Nathan. Luego recorrió la mesa con la mirada—. Pueden empezar. Creo que todos esperaban la cena.
Nathan se detuvo con la copa en la mano.
Nathan recorrió despacio la mesa del comedor con la mirada, primero Riana, a su lado; luego Daven, que se veía más tranquilo que en los últimos días; Althea, pálida pero con una sonrisa amable; y por último los niños, sentados juntos, sin el peso de la preocupación encima.
Respiró hondo en silencio.
Durante semanas, esa casa había estado llena de tensión, de malas noticias y de una presión que no parecía ceder nunca. Y ahora, por primera vez, volvían a estar juntos, completos.

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