La fruta fresca estaba acomodada con cuidado encima. Rebanadas brillantes de fresa, varios arándanos y trocitos de plátano formaban un contraste colorido y apetitoso. Habían vertido con cuidado el jarabe de maple sobre la pila; la superficie relucía, y un poco de jarabe escurría por los lados hasta acumularse en la base del plato.
Al acercarse, a Althea le llegó un aroma suave y dulce. No solo se veía delicioso; se notaba que lo habían preparado con cariño y esmero. Pero algo sobresalía por encima de todo. Esos hot cakes los habían preparado especialmente para alegrarla. Althea alzó la mirada hacia Eli y se quedó mirándola un poco más de lo debido.
A Eli se le fue apagando la sonrisa. Eli apretó las manos que mantenía juntas frente a sí.
—¿Hice… algo mal? —preguntó en voz baja.
Althea seguía sin hablar. Ante ese silencio, Eli agachó la cabeza, abrumada por la incomodidad.
—Solo… quería prepararle algo calientito —añadió con un susurro—. Me daba miedo poner sin querer algo que no pudiera comer por el embarazo.
No hubo respuesta. Ese silencio dolía más que un rechazo. Eli suspiró, tensa. Debió imaginarlo. Tal vez Althea no la quería cerca, después de todo.
—Si no quiere, no pasa nada.
El comedor quedó en silencio.
—Lo siento —susurró Eli—. ¿No soy bienvenida aquí?
Riana se volvió hacia Althea, sorprendida por el rumbo que había tomado la conversación. Pero antes de que nadie más pudiera hablar, Althea negó.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó con voz suave, pero clara.
Eli alzó la cara con cautela.
—Porque estaba callada —respondió con sinceridad.
Althea sonrió.
—Me quedé callada porque me conmovió —dijo con dulzura.
Eli parpadeó, confundida.
—No esperaba que prepararas algo solo para mí —continuó Althea—. Ni que te aseguraras de que todo fuera adecuado para mi embarazo…
Eli abrió un poco los ojos. La invadió una ternura inesperada, a medio camino entre el orgullo y la felicidad.
—Y, la verdad —dijo Althea, volviendo a mirar el plato—, me alegra mucho tener hot cakes recién hechos esta mañana.

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