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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 550

Eli no sabía qué decir. Las palabras de su madre tensaron a todos. Hasta entonces el momento había sido cálido, cariñoso y apacible.

Seguía de pie junto a Althea, con los dedos aferrados al borde de su camisa. Aún sentía la calidez de aquel abrazo cuando Selena volvió a hablar.

—¿No escuchaste lo que dijo tu madre? —Selena esbozó una sonrisa burlona, casi imperceptible.

No hacía falta preguntar cuánto la irritaba la situación. Ver que Eli se le escapaba cada vez más de las manos la enfurecía.

—Ya estás empezando a olvidar quién eres, ¿no? —preguntó Selena con voz neutra, baja pero cortante. Entró al comedor; sus tacones golpearon con fuerza el piso—. ¿O ya olvidaste quién te trajo a esta casa?

Eli tragó saliva y se le tensaron los hombros.

—Mamá —musitó.

Selena se detuvo justo frente a ella y la recorrió despacio de la cabeza a los pies, intimidante.

—Vuelve a tu cuarto —ordenó con firmeza—. Ahora.

Eli no se movió. Toda la mesa guardó silencio. Riana observaba a Selena, con las cejas levemente fruncidas. Lydia dejó de cortar la fruta. Hasta Felicia por fin levantó la mirada de su tableta.

No era que no quisieran defender a Eli; simplemente había límites que debían respetar. Eli tenía que tomar su propia decisión. No podían presionarla. Y en ese momento, necesitaba atreverse a hablar por sí misma.

Despacio, Eli alzó la cara. Seguía insegura, pero esta vez habló con más claridad.

—Quiero desayunar aquí, mamá.

El silencio se hizo más pesado. La expresión de Selena cambió.

—No repito mis órdenes —dijo en voz queda. No alzó la voz, pero el peso de la orden era inconfundible.

Eli apretó los puños a los costados. Se le notaba la angustia en la cara, pero también una determinación frágil.

—Yo… preparé esto para la señora Althea —susurró—. Quiero verla probar los hot cakes.

Selena dejó escapar una risa breve y fría.

—Así que ahora estás empeñada en llamar la atención —se burló—. ¿Crees que por hacer estas cosas te van a considerar parte de su familia?

Eli palideció. Bajó la cabeza. Escuchar esas palabras de su propia madre dolía más que cualquier otra cosa. Entonces Althea habló.

—Selena.

Habló con suavidad, pero con firmeza suficiente para frenar lo que fuera a decir a continuación. Althea estaba de pie junto a Eli, tranquila. No se veía enojada ni ofendida, solo serena, entera, inquebrantable.

—Eli me preparó el desayuno esta mañana —dijo—. Y todavía no lo he probado.

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