Althea se sentó en el asiento que antes había ocupado Daven. Les sirvió jugo a los niños y luego se acomodó en su sitio.
—¿Dónde está el abuelo? —preguntó Grace mientras untaba mermelada en su pan tostado.
—Le salió una reunión imprevista con colegas del extranjero —respondió Riana con calma—. No nos acompañará esta mañana.
—¿Otra reunión? —Josh se encogió de hombros—. Los adultos siempre están ocupados.
Riana rio.
—A veces es cierto. Pero eso forma parte de sus responsabilidades. Algún día tú también estarás así de ocupado, Josh.
El desayuno transcurrió tranquilo. Grace hablaba entusiasmada de su plan de bucear más tarde en la parte honda de la piscina. Josh respondía de vez en cuando, casi siempre entre un bocado y otro. Eli escuchaba más de lo que hablaba.
Ese día, sin embargo, parecía más abierta.
—Las albóndigas están riquísimas, señora —dijo con sinceridad.
Althea sonrió.
—Gracias. ¿Quieres un poco más?
Eli asintió con timidez.
—Solo un poquito.
Riana la observó en silencio. Eli ya no se sentaba tan tiesa como durante sus primeras semanas en la casa. Antes solo hablaba cuando era necesario, sonreía con demasiado cuidado y elegía sus palabras con evidente vacilación. Ahora parecía más libre; ya no miraba a su alrededor a cada momento como si temiera cometer un error.
Era un cambio pequeño. Pero era real.
Al cabo de un rato, terminó el desayuno. Grace bostezó y se recostó en la silla, mientras Josh pedía permiso para volver a su cuarto porque su clase en línea estaba por empezar.
Una empleada se acercó a la mesa.
—Señorita Eli —dijo—, el señor Nathan pidió verla en su estudio.
Eli, que estaba doblando la servilleta con cuidado, se quedó inmóvil.
—¿Ahora? —preguntó en voz baja.
—Sí, señorita. La está esperando.
Riana se volvió hacia ella y le sonrió para tranquilizarla.

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