Las lágrimas de Eli no se detuvieron, pero poco a poco cedieron hasta quedar en un llanto silencioso. La tensión que antes le había endurecido el cuerpo dio paso al cansancio.
Siguió sentada al borde de la cama, con la maleta aún abierta a su lado, mientras Althea permanecía cerca, sin apurarla ni apartarse, y la acariciaba apenas de vez en cuando.
Cada pequeño gesto la hacía sentirse a salvo.
—Gracias... por quedarse conmigo —dijo Eli en voz baja. Se secó las lágrimas que aún tenía en las mejillas y logró sonreír, aunque la decepción y la tristeza todavía le nublaban la mirada.
—Me alegra que hoy hayas hablado conmigo. —Althea le tomó la cara entre las manos y le sostuvo la mirada—. La próxima vez, habla conmigo antes. Dime qué sientes.
Eli nunca imaginó que llegaría a sentarse tan cerca de Althea, no como una invitada incómoda, no como una niña obligada a guardar las distancias, sino como alguien que merecía abrazos y consuelo sin condiciones.
Miró a la mujer que tenía al lado; algo difícil de nombrar se le agitaba por dentro.
—Señora Althea... —Su voz seguía ronca de tanto llorar—. ¿Usted siempre es así?
—¿Así cómo? —preguntó Althea con dulzura.
—Tranquila. Sin alterarse. Sin... reprochar nada.
Althea sonrió apenas.
—Yo también soy humana. Me enojo. También me hieren. Pero necesito saber qué hacer con esos sentimientos. Y no tienen por qué recaer sobre ti.
Eli bajó la mirada un momento antes de volver a levantarla. Ahora en sus ojos brillaba algo más que simples lágrimas rezagadas. Era admiración.
—Josh y Grace tienen mucha suerte —dijo en un murmullo.
Althea se quedó quieta.
—Tienen una madre como usted. —Esta vez, la sonrisa de Eli no tenía amargura—. Alguien que escucha. Alguien que les presta tanta atención. Alguien que está ahí para ellos incluso cuando está cansada.
Althea no se lo esperaba.
—Me fijo en las cosas —continuó Eli, bajando la voz—. Cuando Grace se aferra a usted o Josh se pone terco, usted nunca los deja solos del todo. Puede que los regañe... pero después los abraza.
Se limpió otra lágrima.
—A veces siento celos —reconoció—. Quiero saber qué se siente crecer con abrazos así... sin miedo a equivocarme.
El cuarto quedó en silencio. Althea no respondió enseguida. Se limitó a acariciarle el cabello, dejando que el silencio se asentara en lugar de apresurarse a llenarlo.
—Ahora ya sabes qué se siente, ¿no? —preguntó con ternura.
Eli asintió apenas.
—Sí.
Hubo una breve pausa antes de que Eli volviera a hablar.
—En ese entonces... creía que usted era la razón por la que mi madre tenía una vida tan dura. —Medía las palabras con cuidado, como si temiera abrir heridas nuevas—. Incluso la odié durante un tiempo.
Althea no soltó la mano de Eli.
—Cuanto más tiempo paso aquí, más veo cómo trata usted a todos. Al personal. A la abuelita. Incluso a mí. —Eli tomó aire despacio—. No veo odio en usted.
Althea le sonrió con ternura.
—El odio agota.
Eli dejó escapar una risa entrecortada, aunque tenía los ojos hinchados.
—Tengo suerte de haber conocido esa parte de usted antes de que fuera demasiado tarde —dijo—. Si no, quizá seguiría creyendo que esta familia es cruel.
—No es tarde —respondió Althea—. Solo necesitabas tiempo.

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