—¿Así que esta es la última unidad disponible en el piso veinte? —preguntó el hombre desde el otro lado de la mesa. Cerró la carpeta con el folleto del proyecto que acababan de revisar.
—Así es —respondió Lydia con calma. Estaba sentada muy derecha, con las manos entrelazadas sobre la mesa de reuniones—. La unidad tiene vista directa a la bahía. Por eso cuesta un poco más que las unidades del otro lado.
El hombre asintió despacio, sin terminar de decidirse.
—¿Y el acceso a las instalaciones? —preguntó la mujer sentada a su lado, probablemente su esposa.
Lydia les acercó la tableta y les mostró el plano del edificio.
—La piscina y el gimnasio están en el quinto piso —explicó—. El salón privado para residentes está en el piso treinta. La unidad que están considerando también tiene acceso directo al estacionamiento en ascensor.
La mujer pareció interesada.
—¿Y la seguridad?
—Dos niveles de seguridad —respondió Lydia sin titubear—. Entrada con tarjeta de residente y verificación facial en ciertas áreas. Así nadie entra sin autorización.
El hombre se recostó en la silla. Después de pensarlo unos segundos, dijo:
—Me gusta el concepto. Y la ubicación es estratégica.
Lydia le sonrió apenas, sin perder el tono profesional.
—Esta zona de Solaviz está creciendo muy rápido. La inversión seguirá ganando valor en los próximos años.
La mujer cerró la carpeta que tenía en las manos.
—En ese caso, avancemos con el trámite —le dijo a su esposo.
El hombre asintió.
—Está bien. Nos quedamos con la unidad.
Lydia inclinó la cabeza con cortesía.
—Una excelente decisión.
Enseguida llamó a su asistente, que esperaba en silencio a un lado de la sala.
—Por favor, prepare la documentación de reserva de la unidad 20B.
—Enseguida, señorita Lydia.
En cuestión de minutos, los documentos estaban listos sobre la mesa. Lydia repasó varios puntos clave antes de que los compradores firmaran los formularios de reserva.
—Gracias por elegir nuestro proyecto para su inversión —dijo Lydia con tono profesional.
—Los agradecidos somos nosotros —respondió el hombre—. Su explicación fue muy clara.
Se estrecharon la mano antes de que la pareja saliera de la sala de reuniones.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Lydia suspiró discretamente y se recostó un momento en la silla. La reunión había durado casi dos horas, y por fin el trato estaba cerrado.
Tomó el vaso de agua de la mesa y se lo terminó de un solo trago. Cuando iba a levantarse, el celular vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció un nombre que conocía muy bien.
Cale. Lydia suspiró antes de abrir el mensaje.
“Ven a verme”.
Directo. Sin explicación. Sin nada más. Lydia arqueó apenas una ceja. No era raro que su novio le enviara mensajes así, pero aun así...
Respondió rápido.

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