Cale la miró un momento más de lo necesario. Su mirada era demasiado intensa para un intercambio tan simple.
—En realidad, no.
Lydia lo empujó del pecho cuando él se acercó un poco más. Cale gruñó de fastidio, pero se hizo a un lado y la dejó entrar al salón.
Como era de esperar, Lydia tomó el menú que ya estaba sobre la mesa.
El salón privado no era muy grande, pero cada rincón transmitía un lujo discreto. La mesa del centro estaba cubierta con un mantel blanco impecable que caía casi hasta el suelo. Encima había cubiertos de plata pulida y delicados platos de porcelana con bordes dorados.
Un pequeño jarrón de cristal con peonías blancas ocupaba el centro de la mesa y aportaba un toque elegante sin resultar excesivo. La luz tenue del candelabro se reflejaba suavemente en las copas de cristal dispuestas junto a cada asiento.
Junto a la mesa, unos ventanales altos daban al jardín impecablemente cuidado del hotel. Las cortinas vaporosas de color crema estaban a medio correr y dejaban entrar la luz de la tarde, que bañaba la habitación y creaba una atmósfera a la vez serena y exclusiva.
Cada detalle del salón parecía caro y colocado con cuidado; demasiado lujoso para lo que se suponía que sería un almuerzo rápido.
—¿Tienes idea de cuánto cuesta un solo plato aquí? —preguntó Lydia al fin.
—Me da igual.
—Claro que no. —Lydia tomó asiento—. Entonces, ¿qué quieres almorzar?
Cale se sentó frente a ella y abrió el menú sin ganas.
—Pide tú.
Lydia negó, incrédula ante la actitud de Cale ese día. Al poco tiempo, un mesero llegó a tomarles el pedido. Cuando terminaron de ordenar y la puerta volvió a cerrarse, el salón quedó en silencio.
Lydia se echó un poco hacia atrás en la silla.
—¿No vas a explicarme por qué tuve que venir hasta aquí?
Cale le sostuvo la mirada.
—Quería verte.
—Es una razón pésima.
—Para mí no.
Lydia levantó una ceja.
—¿Me interrumpiste el día solo para decir eso?
Cale no respondió. Cale se levantó de la silla. Lydia apenas alcanzó a preguntar qué hacía cuando Cale rodeó la mesa hasta donde ella estaba sentada.
—Cale...
Lydia aún no terminaba de hablar cuando Cale apartó la silla junto a ella y se sentó. Demasiado cerca. Lydia se volvió hacia él, confundida.
—Tu lugar está allá.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué te sentaste aquí?
Cale no se movió. En cambio, se inclinó un poco más y apoyó la cabeza en el hombro de Lydia. Lydia se quedó helada.
—¿Qué haces?
—Hablas demasiado —dijo con voz grave y perezosa.
Lydia lo miró con frialdad.
—Eres insoportable, Cale.
No respondió.
Unos segundos después, se incorporó y le indicó a Lydia que lo siguiera hasta el sofá del privado. A regañadientes, Lydia no pudo negarse al ver que él ya ni intentaba ocultar el cansancio.
Mentiría si dijera que no estaba preocupada por él. No solo le preocupaba la salud de Cale; también le inquietaba su seguridad. Cale tenía un carácter impredecible, y la situación con Daven, Althea y Chase Miller agotaba a todos los implicados.
Lydia no imaginaba que todos esos problemas estuvieran tan conectados. Por eso, Cale había estado muy ocupado con todo. Y no solo él; Chris y Daven estaban igual de abrumados.
—¿Qué es exactamente lo que...?
—Siéntate —ordenó Cale.
Lydia obedeció casi por reflejo. Apenas se había acomodado en el sofá cuando Cale se dejó caer a su lado y apoyó la cabeza en su regazo. Lydia se quedó inmóvil.

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