Lydia se quedó en silencio varios segundos después de escuchar las palabras de Cale.
La mano con la que aún le masajeaba la sien se quedó quieta. Dejó que volviera a incorporarse a su lado. Aun así, Cale no dejó de mirarla, como si necesitara dejarle algo claro.
Ahora que él estaba bien despierto, lo miró fijamente, incrédula.
—Cale.
—Mmm.
—¿Hablas en serio?
Cale la miró con una calma casi inexplicable para alguien que acababa de plantear algo tan importante.
—Nunca bromeo con esas cosas.
Lydia suspiró hondo. Se recostó en el sofá y se quedó mirando el techo.
—Se te está olvidando una parte muy importante, ¿sabes?
—¿La de proponerte matrimonio?
Lydia asintió sin mirarlo.
—¿Lo que acabo de decir no cuenta como una propuesta?
Lydia chasqueó la lengua, molesta.
—Ni siquiera lo hiciste como se debe.
Cale arqueó una ceja.
—¿Y eso importa?
—Para algunas personas, sí.
Cale extendió la mano y le rozó la mejilla con ternura.
—Te pregunto por tu opinión. ¿A ti te importa?
Lydia hizo un ligero puchero. Cale esbozó una sonrisa antes de ponerse de pie y tenderle la mano.
—Comamos primero —dijo—. Ya es muy tarde. ¿Quieres comer algo antes de que se enfríe?
—No —dijo Lydia con un suspiro.
Al principio pensó en ignorar la mano que él le tendía, solo por protestar, pero...
—Está bien. Tienes razón. Deberíamos comer primero.
Cale sonrió con más ganas y le tomó la mano con firmeza.
—¿Así que ahora sí te importan los anillos y las flores? —preguntó.
Lydia suspiró.
—No es eso, pero tampoco significa que no quiera sentirme valorada.
—Yo te valoro.
—¿Ordenándome casarme contigo en un mes? —preguntó Lydia, seca.
—No te ordené nada.
—Sonó casi como una orden.

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