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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 611

Althea bajó primero y se volvió hacia Eli. Esta vez, casi sin dudarlo, Eli la siguió y caminó a su lado.

Avanzaron juntas hacia la entrada. Adentro, todo se veía ordenado. Algunos estudiantes pasaban con libros en la mano; otros estaban sentados en espacios abiertos, conversando en voz baja.

No había demasiado ruido. Todo se sentía tranquilo y acogedor. Eli observaba todo y se fijaba en cada detalle.

—Qué tranquilo es todo... —murmuró sin darse cuenta.

Althea la miró de reojo.

—¿Te gusta?

Eli no respondió enseguida.

—No lo sé —admitió con sinceridad.

Althea no insistió; solo asintió. Una recepcionista las saludó cuando llegaron al mostrador.

—Buenos días. ¿Señora Althea?

—Sí.

—El director la espera.

Las acompañaron hasta la oficina del director, en el segundo piso. Cuando se abrió la puerta, un hombre se puso de pie para recibirlas con una sonrisa cálida.

—Bienvenidas.

Althea entró primero y Eli la siguió un paso por detrás. El hombre observó a Althea un instante más de la cuenta, hasta que se le suavizó la expresión, como si algo acabara de encajar.

—Usted es... la señora Althea —dijo en voz baja—. He escuchado hablar de usted.

Althea se sorprendió, aunque mantuvo su sonrisa cortés.

—Ah, ¿sí?

El hombre asintió.

—Conocí al difunto Chase Miller. Hablaba de usted a menudo.

Althea titubeó apenas un segundo. El corazón se le detuvo al escuchar ese nombre.

—Colaboró con nuestra fundación educativa hace unos años —continuó el director, en tono respetuoso—. Era alguien a quien le importaba mucho la educación. Su muerte nos entristeció profundamente.

A Althea se le suavizó la expresión.

—Sí... lo era —dijo en voz baja, casi para sí misma.

Respiró hondo y se recompuso.

—Gracias por recordarlo.

El director sonrió y dirigió su atención a Eli.

—Así que... tú debes de ser Eli.

Eli agachó un poco la cabeza.

—Sí, señor.

—¿Qué materias te gustan?

Eli parpadeó, sorprendida.

—Física... y matemáticas —respondió en voz baja—. Y... las clases de canto.

—Bien —dijo con una sonrisa—. Aquí nos tomamos muy en serio esas áreas. También procuramos que cada estudiante se sienta cómodo mientras aprende.

Eli asintió, aunque todavía parecía un poco cautelosa.

—Revisamos tu expediente —continuó—. Por lo que vimos, tienes una base bastante sólida.

Eli pareció insegura.

—Aún... me queda mucho por aprender.

—Eso es bueno —respondió con calma—. Los estudiantes con ganas de aprender siempre avanzan más que los que creen que ya lo saben todo.

La conversación siguió unos minutos, fluida. Después las llevaron a recorrer el edificio, que resultó ser mucho más grande de lo que parecía desde afuera.

El primer pasillo que recorrieron tenía grandes ventanales por donde entraba mucha luz natural. A través del cristal se veían varias clases. La voz del profesor se oía clara sin resultar molesta, mientras los estudiantes seguían concentrados, tomando apuntes o escuchando con atención.

—Esta es la zona principal de aulas —explicó el director mientras caminaba delante de ellas—. Limitamos el número de estudiantes por clase para mejorar la interacción.

Eli observaba en silencio desde el pasillo. Nadie parecía distraído. Nadie perdía el tiempo conversando. Estaban aprendiendo. Pasaron al laboratorio.

En cuanto se abrió la puerta, Eli enmudeció. La sala era amplia, ordenada y bien equipada. Las mesas de laboratorio estaban dispuestas en filas ordenadas, mientras algunos estudiantes hacían prácticas bajo la supervisión de un profesor.

—Los laboratorios de física y química —dijo el director—. Para los estudiantes interesados en las ciencias duras, ofrecemos una formación práctica intensiva.

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