Althea bajó primero y se volvió hacia Eli. Esta vez, casi sin dudarlo, Eli la siguió y caminó a su lado.
Avanzaron juntas hacia la entrada. Adentro, todo se veía ordenado. Algunos estudiantes pasaban con libros en la mano; otros estaban sentados en espacios abiertos, conversando en voz baja.
No había demasiado ruido. Todo se sentía tranquilo y acogedor. Eli observaba todo y se fijaba en cada detalle.
—Qué tranquilo es todo... —murmuró sin darse cuenta.
Althea la miró de reojo.
—¿Te gusta?
Eli no respondió enseguida.
—No lo sé —admitió con sinceridad.
Althea no insistió; solo asintió. Una recepcionista las saludó cuando llegaron al mostrador.
—Buenos días. ¿Señora Althea?
—Sí.
—El director la espera.
Las acompañaron hasta la oficina del director, en el segundo piso. Cuando se abrió la puerta, un hombre se puso de pie para recibirlas con una sonrisa cálida.
—Bienvenidas.
Althea entró primero y Eli la siguió un paso por detrás. El hombre observó a Althea un instante más de la cuenta, hasta que se le suavizó la expresión, como si algo acabara de encajar.
—Usted es... la señora Althea —dijo en voz baja—. He escuchado hablar de usted.
Althea se sorprendió, aunque mantuvo su sonrisa cortés.
—Ah, ¿sí?
El hombre asintió.
—Conocí al difunto Chase Miller. Hablaba de usted a menudo.
Althea titubeó apenas un segundo. El corazón se le detuvo al escuchar ese nombre.
—Colaboró con nuestra fundación educativa hace unos años —continuó el director, en tono respetuoso—. Era alguien a quien le importaba mucho la educación. Su muerte nos entristeció profundamente.
A Althea se le suavizó la expresión.
—Sí... lo era —dijo en voz baja, casi para sí misma.
Respiró hondo y se recompuso.
—Gracias por recordarlo.
El director sonrió y dirigió su atención a Eli.
—Así que... tú debes de ser Eli.
Eli agachó un poco la cabeza.
—Sí, señor.

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