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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 626

Lydia parpadeó, todavía intentando recobrar el aliento.

—¿Qué...?

Cale volvió a inclinar la cabeza y esta vez le dio un beso en los labios, breve, pero de algún modo aún más inquietante.

—¿Quién te dijo que te pusieras así de hermosa esta noche? —continuó en voz baja.

A Lydia se le escapó una risita, aunque el corazón le latía descontrolado.

—Esa no es razón para...

Él no la dejó terminar.

Cale volvió a besarla, esta vez brevemente, pero bastó para aturdirla un instante. Sus manos se aferraron a él sin que se diera cuenta, ya no para apartarlo, sino para seguir el ritmo que él marcaba.

—Cale... —Su voz se suavizó; ya no era del todo una protesta.

El ascensor tintineó y las puertas se abrieron. Pero no la bajó.

Salió todavía con ella en brazos, como si fuera lo normal. Avanzó sin prisa por el pasillo silencioso del hotel. Las luces tenues enmarcaban sus sombras, que se estiraban y cambiaban de forma a lo largo de las paredes.

—Ya tienes que bajarme —insistió Lydia en un susurro, mientras se removía un poco entre sus brazos para intentar que cediera.

—¿Por qué? —se limitó a preguntar Cale.

—Porque... —Lydia titubeó, incapaz de dar con una razón lo bastante convincente. Todavía estaba ruborizada—. Porque esto es demasiado.

—No tanto.

Respondió con la misma soltura que había mostrado toda la noche. Cale se detuvo frente a una puerta.

Era una habitación VIP. Por fin, Cale bajó a Lydia con delicadeza, pero no la soltó. Dejó la mano en su cintura para mantenerla cerca. La tarjeta rozó el lector.

Se escuchó un clic. Y la puerta se abrió. Antes de que Lydia pudiera asimilar del todo lo que acababa de pasar, Cale tiró de ella hacia adentro.

La puerta se cerró tras ellos y dejó afuera el ruido del exterior, como si el mundo se hubiera detenido en ese umbral. Lydia se quedó a unos pasos de la puerta, sin avanzar más, cuando percibió un tenue aroma a flores. Alzó la mirada... y se quedó inmóvil sin darse cuenta.

—Cale...

Había pétalos de rosa esparcidos por el piso. No eran demasiados, pero sí suficientes para formar un camino hacia la cama. Las luces atenuadas proyectaban un resplandor dorado que volvía la habitación más cálida e íntima, como si la hubieran creado solo para ellos dos.

Pero la decoración no era lo que la mantenía inmóvil. Desvió despacio la mirada hacia la cama y lo que vio le cortó la respiración.

Entre los pétalos bien acomodados había una corbata negra y una larga tira de tela suave, dobladas con un cuidado deliberado, como si las hubieran dejado ahí para que las encontrara. Y lo más llamativo de todo... un camisón de encaje justo al lado.

Lydia frunció apenas el ceño. Se acercó, alzó los dedos, casi rozó la tela y el camisón... y se detuvo a medio camino.

—¿Qué es esto? —preguntó con suavidad, volviéndose hacia Cale, que seguía a poca distancia de ella.

Cale no respondió enseguida. Se quitó el saco con calma, como si no hubiera nada raro en lo que Lydia acababa de ver. Lo arrojó a una silla cercana antes de volver a mirarla, con expresión serena... pero con la mirada demasiado fija.

—¿Tú qué crees? —respondió con despreocupación.

Lydia se volteó por completo hacia él, con una actitud que mezclaba curiosidad y una cautela desconocida que no sabía explicar.

—No me digas que esto también es parte de tu sorpresa.

Cale no lo negó.

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