Entonces se apartó. Dejó a Lydia ahí tendida, con la respiración entrecortada, los pensamientos dispersos y el cuerpo todavía reaccionando a todo lo que le había hecho.
—¿Cale? —lo llamó con incertidumbre.
—¿Sí, mi amor?
Cale había estado esperando que Lydia lo llamara. Tomó algo que había preparado y abrió la cajita con calma. De ahí sacó uno de los objetos que pensaba usar esa noche.
—Prepárate, mi amor —murmuró—. Esta noche... permítete sentir cada sensación.
Cuando volvió a la cama, no se apresuró. Primero le recorrió el muslo para calmarla y evitar que se sobresaltara. Escuchó un tenue zumbido. Lydia se sobresaltó.
Aunque ya lo había sentido antes... igual se le aceleró el pulso y la invadió la expectación. Cale mantuvo un contacto firme y controlado; la guio y la acostumbró a la sensación en vez de saturarla.
—Esta es tu recompensa por esperar —dijo en voz baja, mientras sus dedos volvían a recorrerla con movimientos lentos y conocidos.
Lydia sentía que volvía a perder el control incluso antes de que él continuara.
—¡Oh! —Lydia se estremeció cuando sintió aquella vibración desconocida en su interior.
La sensación era... diferente.
La vibración en su interior la desconcertó y abrumó, y necesitó un momento para acostumbrarse a ella. Pero con los movimientos restringidos, los brazos empezaron a entumecérsele. Solo entonces lo recordó.
Seguía atada.
—¿Qué tal se siente? —preguntó Cale, atento a cada una de sus reacciones—. No te resistas, mi amor. Tienes que relajarte.
¿Relajarse? Lydia estuvo a punto de protestar.
¿Cómo iba a relajarse cuando esa sensación implacable dentro de ella la estaba haciendo perder el control? Su cuerpo se retorcía, respondiendo al calor abrumador que se le extendía por dentro. Varias veces intentó cerrar las piernas, pero las ataduras no cedieron.
Carajo. ¿Así que de eso se trataba? ¿De impedir que escapara, de no dejarle más opción que sentirlo todo, cada segundo? Cale sabía muy bien lo que hacía.
—Ahh... oh... —La espalda de Lydia se arqueó cuando la sensación se intensificó y el ritmo en su interior se volvió más rápido, más profundo. La cabeza le daba vueltas y apretaba los ojos varias veces, como si eso la ayudara a recomponerse.
Sus manos tiraban inquietas de las ataduras, en una súplica muda por soltarse, aunque sabía que no se liberaría tan fácilmente.
Cale la observaba fascinado. Despacio, casi sin pensarlo, deslizó la mano sobre su propio miembro; no estaba listo para terminar con esto. Todavía no. Quería más. Quería verla deshacerse debajo de él.
Lydia respiraba de manera irregular, y su cuerpo se movía en oleadas inquietas, indefensas. Él se inclinó sobre ella, acortó la distancia y volvió a acariciarla con la mano, con un tacto deliberado, posesivo.

Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad