Y llegaron sin un minuto de retraso. Por suerte, el vuelo transcurrió sin contratiempos.
Cuando el avión por fin aterrizó en Berlín, Lydia suspiró aliviada en cuanto puso un pie fuera del aeropuerto. El aire berlinés le rozó la piel, fresco y limpio, muy distinto de la calidez de Solaviz.
Todavía se sentía algo cansada. Pero también percibía algo nuevo.
—En serio lo logramos —murmuró Lydia.
Cale estaba a su lado, con una mano en el bolsillo. Recorrió los alrededores con la mirada antes de volver a mirarla.
—Por supuesto. —Comprobó que aún llevaran las dos maletas.
Lydia sonrió apenas y sacó el celular.
—Debería avisarle a Althea.
Cale no respondió; asintió. Un momento después, Lydia ya tenía el celular pegado a la oreja.
—¿Althea? Ya llegamos.
Althea respondió con su habitual calidez. Sin darse cuenta, la sonrisa de Lydia se hizo más amplia.
—Sí, el vuelo estuvo tranquilo. Y... no, no dormí lo suficiente —añadió, y miró de reojo a Cale.
Cale se limitó a arquear una ceja, sin el menor gesto de culpa. Lydia puso los ojos en blanco antes de concentrarse de nuevo.
—¿Qué? ¿Tendremos un guía turístico?
Escuchó a Althea durante unos segundos y asintió.
—Está bien. Suena interesante.
Cale se acercó un poco.
—¿Qué dijo?
Lydia colgó y lo miró.
—Durante la semana que estemos en Berlín, alguien va a acompañarnos; básicamente, un guía.
Cale volvió a asentir.
—Qué bien. Nos facilitará las cosas mientras estemos aquí. Tomémoslo como unas vacaciones.
—¿No es exactamente eso? —preguntó Lydia, extrañada.
—Conozco bien Berlín, mi amor —dijo Cale con una media sonrisa—. Pero da igual. Voy a disfrutar cualquier cosa que Daven haya preparado como “regalo”.
—Sí... ojalá podamos disfrutarlo —murmuró Lydia.
Echaron a andar hacia la salida, entre el bullicio de la sala de llegadas. La gente pasaba sin cesar y las voces en idiomas desconocidos llenaban el aire, lo que mantuvo a Lydia más alerta que de costumbre.

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