—Puede... puede que haya visto mal.
Cale frunció levemente el ceño.
—Entonces no te preocupes.
Lydia asintió, obediente, pero los dedos se le quedaron quietos sobre la cuchara que sostenía. En realidad, ya no lo escuchaba.
Tenía los pensamientos atrapados, anclados a una figura en un extremo del salón a la que intentaba no prestarle atención.
El restaurante entero vibraba con una actividad elegante y discreta. Los candelabros de cristal repartían su luz por el salón, que se fundía con el parpadeo suave de las velas dispuestas en cada mesa. La música clásica sonaba de fondo, lo justo para acompañar las conversaciones sin entrometerse en ellas. Los comensales hablaban en tonos bajos y medidos, como si el ambiente mismo exigiera cierta compostura.
Los meseros se movían en silencio y servían cada platillo con destreza profesional. El aire estaba impregnado de una intensa mezcla de aromas. Mantequilla, especias y algo apenas dulce que llegaba desde la cocina oculta.
Todo se veía perfecto. Y por eso algo parecía fuera de lugar. Lydia volvió a mirar en esa dirección.
En un rincón había una mesa algo apartada de las demás, lejos del centro de atención, pero visible para quien se fijara.
La chica estaba sentada ahí. Era la misma. La que había chocado con su esposo en el aeropuerto y luego había desaparecido entre la multitud sin dejar rastro.
Tenía la postura un poco encorvada, los hombros rígidos, las manos quietas sobre el regazo. No sonreía. De sus labios no salía palabra alguna.
A su alrededor había tres hombres de pie, corpulentos, imponentes, de expresión endurecida. Incluso desde donde estaba sentada, a Lydia le bastaba imaginarse rodeada de hombres así para sentir miedo. Los hombres resultaban intimidantes y asfixiantes incluso desde la mesa de Lydia.
Uno de ellos le sirvió una bebida en una copa y la deslizó despacio hacia la chica. El movimiento parecía despreocupado, pero había algo en su manera de hacerlo que transmitía una orden sin palabras.
La chica no la tomó enseguida. Se quedó mirando la copa con expresión inescrutable. Pasaron unos segundos, demasiados, antes de que por fin estirara la mano, con un movimiento tímido y vacilante.
Lydia contuvo la respiración. Sin darse cuenta, aferró con fuerza el borde de la mesa y mantuvo los ojos fijos en la copa que ahora temblaba apenas en la mano de la chica. Algo estaba mal. No era una simple sensación. Era algo real. Y cuanto más intentaba pasarlo por alto, más fuerte se volvía su impulso de intervenir.
—Yo... —Lydia fue incapaz de continuar.
Entonces lo dijo:
—No puedo fingir que aquí no pasa nada.

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