Cale notó que ella ya había terminado de comer. Solo quedaban algunos restos de su ensalada favorita y el postre. Sin decir nada, sacó una caja pequeña del bolsillo interior de su saco y la puso sobre la mesa.
—Para ti.
Lydia miró la caja y luego a él.
—¿Qué es esto?
—Un regalo.
—Ya estamos casados —dijo Lydia, aunque no parecía rechazar el regalo.
—¿Y por estar casados ya no puedo darte regalos?
Lydia suspiró, pero de todos modos acercó la caja. La abrió despacio, conteniendo el aliento casi sin darse cuenta.
En cuanto levantó la tapa, la luz de las velas se reflejó en el cristal del dije y esparció un brillo hipnótico.
Un dije de talla ovalada y acabado impecable resplandecía en un azul profundo. Era azul de un tono profundo y apacible, como la superficie del mar cuando empieza a caer la noche. El cristal recogía la luz en reflejos suaves, como si dentro vivieran capas de un resplandor tenue. No era ostentoso ni resultaba excesivo, y justo por eso se veía tan caro.
Una cadena delgada de plata lo sostenía, sencilla y sin adornos, sin detalles que robaran la atención. Todo en el collar parecía perfecto.
—Es... —Lydia guardó silencio, con los ojos fijos en el collar—. Es hermoso.
Cale no hizo ningún comentario. Estiró la mano y sacó el collar de la caja.
—¿Puedo? —preguntó con brevedad.
Lydia asintió.
Cale se levantó y se acercó por detrás para ponerle el collar. Sus dedos, fríos contra su piel, la rozaron apenas cuando le apartó el cabello a un lado y dejó expuesta la curva de su cuello. El roce breve estremeció a Lydia.
Le abrochó el collar con cuidado y comprobó que el broche quedara firme antes de apartar las manos.
—Listo.
Lydia se llevó la mano al dije por instinto. Recorrió con las yemas la superficie lisa del cristal y sintió cómo su frescura se entibiaba poco a poco contra su piel. Ladeó un poco la cabeza para ver cómo la luz de las velas bailaba sobre el azul profundo y lo hacía parecer casi vivo.
Durante unos segundos no dijo nada. Solo lo contempló, como para asegurarse de que era real.
—Esto es demasiado valioso para ser “solo un regalo” —murmuró al fin.
—¿No te gusta? —preguntó Cale.
Lydia negó de inmediato con la cabeza.
—No, sí me gusta. —Alzó la mirada hacia él con una actitud más dulce—. Me gusta mucho.
Cale asintió apenas, como si le bastara con saber que a Lydia le gustaba.
Pero Lydia no había terminado. Ladeó la cabeza y dejó que el dije se acomodara justo entre sus clavículas. El destello azul contrastaba con su piel. Sencillo, pero innegablemente cautivador.
—Perfecto —dijo en voz baja, más para sí misma que para él.
Cale la observó un momento antes de volver a sentarse.
—Está hecho para ti.
Lydia sonrió.
—¿Lo escogiste tú mismo?
—Sí.
—Nada mal.
—No suenas sorprendida.

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