El cielo de Berlín cambiaba despacio. El naranja pálido se fundía en un azul profundo a medida que anochecía. En lo alto de la ciudad, lejos del ruido, se había preparado un comedor privado al aire libre, nada demasiado grandioso ni excesivo, pero lo bastante íntimo como para sentir que les pertenecía solo a ellos dos. Unas luces tenues rodeaban el espacio; las velas titilaban sobre la mesa y una suave melodía clásica llenaba el aire sin estorbar.
Lydia se detuvo en cuanto llegaron.
—Cale... —Se volvió hacia él, momentáneamente sin palabras—. ¿Esto es... en serio?
Cale la miró un instante, tan tranquilo como siempre.
—Dijiste que tenía que compensarte por lo del postre.
—Compensar un postre que no pude comer no tiene por qué verse así —contestó Lydia, aunque su sonrisa la delató.
—Si lo hiciera a medias, te quejarías otra vez.
Lydia suspiró.
—No soy tan terrible.
—Eres bastante exigente.
—Y tú, insoportable.
Cale sonrió con cierta burla y le apartó la silla. El gesto era simple, sin adornos, pero bastó para que Lydia guardara silencio.
No muy lejos de ellos, Andrew miró alrededor con expresión incrédula.
—Ni siquiera sabía que este lugar se podía reservar en privado —murmuró.
Cale le lanzó una mirada breve.
—Pues ahora ya sabes que puede reservarse.
Andrew asintió, todavía aturdido, y retrocedió para darles espacio.
—Disfruten la cena, señor y señora Miller. Estaré esperando en el vestíbulo. Llámenme si necesitan algo.
Cale asintió y dejó que el hombre se retirara. Una vez a solas, el ambiente se volvió más tranquilo. Lydia se sentó, contempló una vez más el lugar y volvió a mirar a Cale.
—¿No haces nada a medias? —dijo.
—Nunca.
—A veces cuestiono todas tus decisiones.
—Cuestionar mis decisiones es tu problema.
Lydia rio y alcanzó la copa que tenía enfrente.
—Muy bien, pues. Por una cena demasiado extravagante para una simple compensación.
Cale alzó un poco la suya.
—Y por ti, que eres demasiado difícil de complacer.
—Oye.
Aun así, brindaron con un ligero tintineo de copas.
La cena transcurrió sin prisa. No hubo grandes declaraciones ni intercambios dramáticos, pero justo eso hacía que ambos se sintieran cómodos. Hablaron sin presión de cosas para las que rara vez tenían tiempo.
—Entonces... sobre Portclair —dijo Lydia, con el mentón apoyado en la mano mientras lo estudiaba, ya con la mirada más seria—. ¿Qué necesito preparar?
Cale no respondió de inmediato. Cortó su filete con calma antes de levantar por fin la vista hacia ella.
—No mucho.
Lydia dejó escapar un resoplido.
—Tu versión de “no mucho” suele terminar siendo un lío.

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