Naomi negó enseguida.
—No, no es eso. —Bajó la mirada un instante antes de continuar con voz más baja—. Pero ya casi tengo que irme a mi otro trabajo.
—Yo te llevo —interrumpió Lydia, casi demasiado rápido, sin dejar mucho espacio para una negativa.
Naomi levantó la mirada con sorpresa.
—No es necesario. Suelo tomar el autobús...
—Dije que yo te llevo —repitió Lydia, esta vez en un tono más amable, pero igual de firme.
Su tono transmitía calidez... y una autoridad difícil de desafiar. Naomi se quedó callada. Se mordió el labio, indecisa. La oferta le parecía demasiado amable y la solución demasiado sencilla para un traslado que siempre resolvía sola.
—No quiero molestarla —dijo al fin en voz baja—. Además... ¿de qué hablaríamos?
Lydia sonrió apenas.
—No es ninguna molestia. Hay muchas cosas de las que podríamos hablar. No tengo amigas aquí... así que te considero una. ¿Te importa?
Las dos guardaron silencio durante unos instantes. Entonces Naomi suspiró hondo y su resistencia se desvaneció casi sin que se notara.
—Está bien... pero solo un rato.
La sonrisa de Lydia se ensanchó y sus ojos reflejaron una discreta satisfacción.
—Claro. Solo un rato.
Naomi volvió a su trabajo y aceleró el ritmo. Terminó la última sección con destreza, guardó sus herramientas y se aseguró de que todo quedara intacto y en su lugar. De vez en cuando, casi sin darse cuenta, miraba de reojo a Lydia.
Naomi no se sintió un poco más tranquila hasta que Lydia desapareció por otro pasillo. Mientras tanto, Lydia paseaba por el museo.
Caminaba sin prisa y observaba cuanto la rodeaba. Había pinturas, estatuas y tallados antiguos llenos de historia. En realidad, las exposiciones no le interesaban. Pero continuó caminando y observando las piezas para matar el tiempo.
Lo hacía con cierta desgana; esperar nunca fue lo suyo. Y aun así, por extraño que pareciera... esta vez no le molestaba esperar. O quizá... quería esperar.
Media hora después, Naomi volvió a acercársele, ya sin el formal uniforme de antes. Se veía más relajada, aunque todavía se le notaba el cansancio en los ojos.
—Ya terminé —dijo.

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