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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 672

El auto avanzaba por las calles, cada vez más silenciosas a medida que caía la noche. Las luces de la ciudad pasaban frente a las ventanillas, pero Naomi no se fijaba en ellas. Encogida en el asiento trasero, se abrazaba a sí misma, todavía temblando. Cada tanto, el aire se le atoraba en la garganta y se quebraba en sollozos. Vincent, sentado adelante, la miró varias veces por el espejo retrovisor para asegurarse de que no perdiera el control.

—Señorita —dijo al fin en voz muy baja, como si temiera que cualquier sonido más fuerte la asustara aún más—. Respire despacio.

Naomi trató de obedecer. Respiraba de forma entrecortada.

—Lo... lo estoy intentando.

—Una vez más.

Cerró los ojos y tomó una bocanada larga de aire, aunque al final todavía le temblaba el pecho. Vincent esperó unos segundos antes de volver a hablar.

—¿Puedo preguntarle algo?

Naomi levantó la cara y miró con inseguridad a Vincent.

—¿Qué quiere preguntarme?

—¿Reconoció a esos hombres?

Naomi hizo un leve gesto afirmativo.

—No en persona. —Su voz sonaba ronca—. Pero sé que eran sicarios a sueldo.

—¿De quién?

Naomi tragó saliva, nerviosa, y se aferró a la tela del pantalón.

—De Don Falcon.

El nombre hizo que Vincent guardara silencio un momento. Una sombra de inquietud cruzó su mirada.

—¿Está segura?

—He visto a dos de ellos antes en el edificio donde están sus oficinas. —Naomi soltó el aire, agotada—. Suelen montar guardia en los pisos bajos. A veces lo escoltan cuando sale.

Vincent se recostó en su asiento.

—Hábleme de él.

Naomi dejó escapar una risa apagada y amarga.

—Es difícil describir a alguien como él. —Se limpió la cara, aún húmeda—. Es un empresario bastante conocido. Mucha gente lo elogia en público. Dicen que es inteligente, audaz y hábil para detectar oportunidades. —Hizo una pausa—. Pero la gente como nosotros conoce otra versión de él.

—¿Otra versión?

—Es astuto —dijo Naomi, esta vez sin titubear—. Siempre se las arregla para endeudar a la gente con él. A veces con contratos. A veces con los intereses de un préstamo. A veces solo atrapa a las personas en situaciones de las que no pueden escapar.

Vincent escuchaba sin interrumpirla.

—Trabajo en un establecimiento que todavía está vinculado con una de sus empresas —continuó Naomi en voz baja—. Hubo un pequeño problema. Un error administrativo. Mercancía faltante. Dijeron que yo tenía que reponerla. —Su voz empezó a temblar de nuevo—. La cantidad no dejaba de crecer. Multas, cargos, intereses... cada vez que creía estar a punto de terminar, aparecía una cifra nueva.

—Y no pudo librarse de la deuda.

Naomi negó con la cabeza.

—No es tan simple.

—¿Don Falcon le preguntó alguna vez por su familia? ¿De dónde viene? ¿Los nombres de sus padres?

Naomi entrecerró los ojos, tratando de recordar.

—Nunca. —Esta vez negó con más firmeza—. Nunca le importó nada de eso. Para él, solo soy alguien a quien puede sacarle dinero.

Vincent exhaló apenas. Al menos esa respuesta aliviaba una de sus preocupaciones. Si Don Falcon se movía solo por la deuda, quizá la identidad de Naomi aún no estaba del todo expuesta. Pero que hubieran ido por ella esa noche ya era bastante grave.

—Entiendo —dijo Vincent—. Aun así, debemos suponer que la situación es más peligrosa de lo que parece.

Naomi fijó la vista en el respaldo del asiento delantero.

—¿Les estoy causando problemas?

—Usted carga con un problema que comenzó mucho antes de conocernos —respondió Vincent con calma—. Nosotros solo nos aseguramos de que nadie vuelva a hacerle daño.

Naomi bajó la mirada.

—No sé por qué el señor Cale llega a estos extremos por mí.

Vincent no respondió de inmediato. Después de unos segundos, dijo:

—Hay razones que no es necesario explicar esta noche.

El auto entró al acceso del hotel. El lujoso edificio se alzaba iluminado contra la noche, en marcado contraste con el deteriorado departamento que Naomi acababa de dejar atrás. En cuanto el sedán se detuvo frente al vestíbulo, dos empleados de seguridad se apresuraron a abrir las puertas.

Naomi dudó en bajar. Todavía sentía las piernas débiles. Vincent salió primero y luego le abrió la puerta trasera.

—Despacio.

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