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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 671

Naomi retrocedió a tropezones hasta la pared, sin aliento, incapaz de hacer otra cosa que contemplar la escena aterrada. El hombre que la había abofeteado volvió a sujetarla y la atrajo para usarla de escudo.

—¡No se acerquen!

Vincent lo miró sin parpadear.

—Suéltala.

—¿O qué?

Vincent se movió tan rápido que Naomi apenas lo vio.

Le bastó un paso largo para llegar hasta él. De un manotazo le apartó el brazo, le hundió el codo izquierdo en el estómago y con una patada baja le barrió las piernas. El matón se estrelló brutalmente contra el piso.

Naomi quedó libre y estuvo a punto de desplomarse, pero Vincent la sostuvo por los hombros a tiempo.

—Señorita Naomi, suba al auto —dijo con sequedad.

—P-pero...

—Ahora.

Los dos matones que quedaban comprendieron que estaban en desventaja. Intercambiaron una mirada rápida y salieron disparados del edificio hacia el callejón oscuro junto al complejo de departamentos. Dos de los guardaespaldas salieron tras ellos.

—Síganlos. Asegúrense de que no vuelvan —ordenó Vincent.

Naomi temblaba sin control. Las rodillas ya no la sostenían. Vincent la guio hacia el exterior, hasta el sedán negro estacionado al frente. Le abrieron la puerta trasera y, en cuanto se dejó caer en el suave asiento de cuero, perdió lo poco que le quedaba de compostura.

Comenzó a llorar.

No era un llanto de esos que uno intenta esconder, sino sollozos desgarradores, de pánico, que llevaba conteniendo desde que empezó el ataque. Le temblaban los hombros, respiraba a bocanadas entrecortadas y se cubría la cara con ambas manos.

Incluso mientras lloraba, las marcas de lo ocurrido saltaban a la vista.

Tenía las muñecas rojas, con moretones que reproducían la forma de unos dedos sobre su piel pálida. Un lado del labio se le había partido en el forcejeo y le ardía cada vez que respiraba demasiado hondo. La rodilla derecha, raspada tras el golpe contra las escaleras, empezaba a cubrirse de moretones y le punzaba al menor movimiento.

El cabello le caía revuelto; varios mechones seguían enmarañados después de los tirones. Naomi se abrazó con fuerza, como si así pudiera recomponer el cuerpo y el valor después de que esa noche casi se la llevaran.

—Me... me encontraron —sollozó—. ¿Por qué siempre me encuentran?

Vincent se sentó en el asiento delantero y giró un poco hacia ella.

—Usted ya está a salvo.

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