Varios minutos después, Falcon levantó la mano. Todo se detuvo. Andrew se desplomó de bruces contra el piso; el cuerpo le temblaba de dolor.
—¿Por qué sigues aguantando? —preguntó Falcon.
Andrew escupió sangre sobre el suelo y luego alzó la mirada hacia él con los ojos hinchados.
—Porque... hay personas a las que vale la pena proteger.
Por un instante, la mirada de Falcon se ensombreció.
—Llévenlo abajo. Atiéndanlo lo suficiente para mantenerlo con vida. No dejen que muera todavía.
Sacaron a Andrew a rastras; dejó sangre sobre el suelo. Falcon volvió a su asiento y tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
—La familia Miller —murmuró—. Un apellido poderoso y, sin embargo, apenas encontramos rastros de ellos.
—Seguimos con la investigación, señor —dijo con rapidez el hombre del traje gris—. Los registros públicos sobre Cale son muy limitados. Su empresa opera mediante una compleja red de inversiones y sociedades privadas.
—Eso significa que lo prepararon para que nadie pudiera alcanzarlo con facilidad.
El hombre bajó la cabeza.
—¿Seguimos indagando?
Falcon se quedó mirando la pantalla del celular unos segundos.
—Hay una persona que quizá sepa hasta dónde debería llegar.
—¿Quién, señor?
—Brandon.
La videollamada se conectó un momento después.
La gran pantalla de la pared se encendió y mostró a Brandon repantigado en el balcón de un hotel de lujo en Portclair. El sol del mediodía iluminaba la mesa frente a él; Brandon sostenía una taza de café como si estuviera de vacaciones.
—Es muy temprano para esto —bromeó Brandon—. ¿Me extrañaste?
—Nunca te extraño.
—Bien. Así nuestra relación se mantiene sana.
Falcon no tenía ningún interés en seguirle el juego.
—¿Quién es Cale Miller?
Brandon arqueó una ceja.
—Es curioso escuchar ese nombre en tu boca.
—¿Lo conoces?
—Conozco a mucha gente importante.
—No me hagas perder el tiempo.

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