—Bienvenido, señor Cale —saludó uno de los asistentes cuando Cale llegó esa noche.
Cale bajó del auto a toda prisa y avanzó con paso decidido. Apenas respondió con un breve gesto de la cabeza; su atención ya estaba fija en la persona que lo esperaba. El hombre permanecía con la cabeza agachada en señal de respeto, sin atreverse a mirar a su jefe.
—Trent —llamó Cale, y el hombre levantó la mirada.
—¿Sí, señor Cale?
—Vincent ya me dio tu reporte, pero ¿confirmaste que mi esposa está bien?
—Sí, señor Cale —respondió Trent con firmeza—. Su médico personal ya examinó a la señora Lydia y no hay nada de qué preocuparse respecto a ella. Sin embargo, la señorita Naomi parece estar en shock. Hasta ahora no ha querido salir de su habitación.
Cale exhaló despacio.
—Al menos está a salvo, ¿no?
—Sí, señor. Me aseguré de eso.
—¿Alcanzaste a ver la placa del auto que las perseguía?
Trent asintió.
—Por desgracia, el auto llevaba placas falsas, señor. Todavía no hemos podido rastrearlos, pero el equipo de investigación ya solicitó apoyo.
Cale asintió.
—Infórmame cualquier novedad. No pienso dejar que hagan lo que quieran con mi familia.
—Sí, señor Cale.
Sin decir más, Cale siguió hacia el interior de la mansión. El ambiente se sentía inusualmente silencioso, más pesado de lo normal. Sus pasos volvieron a acelerarse, casi con urgencia, mientras pasaba junto a los empleados, que lo saludaban sin recibir más que un gesto. Desde que salió de la oficina, no podía pensar en otra cosa, y la angustia le dificultaba cada vez más respirar.
En cuanto entró en la sala, vio a Lydia.


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