En cuanto se abrieron las puertas de la sala, Naomi Devereux entendió por qué Eli había dicho que todos estaban reunidos allí.
Nathaniel y Riana estaban sentados uno al lado del otro en el sofá principal. Daven y Althea ocupaban el sofá de enfrente. Chris estaba junto a la ventana y hacía girar distraído una taza de café en la mano. Lydia estaba sentada al lado de Cale, con una actitud serena e inescrutable.
La conversación cesó en cuanto Naomi entró y todos la miraron. Al verse de pronto en el centro de atención, se detuvo.
Por alguna razón, se sintió como una estudiante a la que habían llamado al despacho del director.
—Bueno —dijo Riana con calidez, la primera en romper el silencio—. Por fin despertaste. ¿Dormiste bien?
Naomi entrelazó los dedos, nerviosa. Avergonzada, bajó la mirada. Sabía que no podía evadir la pregunta de Riana.
—Sí, señora —respondió en voz baja.
Riana se levantó antes de que Naomi pudiera cruzar la sala. Se acercó y le tomó la mano con ternura. Era un gesto muy sencillo, pero volvió a despertar algo desconocido en Naomi.
Cuidado.
Cariño.
Una clase de amor que parecía sincero y sin reservas.
—Ven —dijo Riana con afecto—. Siéntate con nosotros.
Naomi obedeció.
Se sentó junto a Riana, que no le soltó la mano. De vez en cuando, la mujer se la acariciaba con el pulgar; ese pequeño gesto hacía que Naomi se sintiera cada vez más cuidada.
—Acabamos de enterarnos de todo.
Naomi se tensó al escucharlo.
Riana lo notó.
—No tengas miedo —dijo con la dulzura de una madre que consuela a una niña asustada—. Lydia y Cale ya nos contaron lo que pasó en realidad.
Naomi bajó la mirada. Así que ya lo sabían.
Sabían quién era. Sabían lo de la familia Devereux. Lo de la vida que llevó en Berlín durante todos aquellos años. Lo de cada pérdida que sufrió y que todavía le costaba asimilar.
A Naomi no le sorprendió que supieran la verdad, sino que ninguno la mirara de otra manera. No había miradas de lástima.
Ni juicios.
Ni incomodidad por haberse enterado de los detalles de su vida. Solo había preocupación sincera, y ese afecto empezó a aliviar su dolor.

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