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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 9

—No debí hacerme tantas ilusiones —murmuró Althea para sí misma al entrar en la mansión de los Callister.

Sus pasos se sentían vacíos, sin rumbo, mientras atravesaba la imponente entrada de la casa de la familia de su esposo. El vestido de color oro pálido, que alguna vez fue capaz de dejar a Daven sin palabras, ahora no era más que una carga sobre sus hombros.

“Por favor, que todos estén dormidos”. Se aferró a ese deseo en silencio mientras abría la puerta principal con cuidado, dedicando un gesto de agradecimiento al empleado que la recibió.

Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.

—Vaya, hasta que por fin decidiste volver a casa —la voz hostil se escuchó desde la estancia.

Althea se volteó despacio.

Kate, su suegra, estaba ahí parada con mucha elegancia y una copa de vino en la mano. Sus ojos eran afilados y su sonrisa lo era todavía más.

—¿Sola? —Kate alzó una ceja—. ¿No regresaste con Daven?

Althea bajó un poco la cabeza, prefiriendo el silencio antes que dar una explicación.

—Tal como me lo imaginaba —se burló Kate, y se rio con desprecio. Se acercó con pasos lentos y calculados, y en cada uno se notaba que la estaba juzgando—. Vanessa estaba en la fiesta, ¿verdad?

Aun así, Althea no dijo nada.

—Si tuvieras un poquito de dignidad, Althea, ni siquiera habrías vuelto a esta casa. Pero claro, ya te acostumbraste demasiado a vivir de la caridad ajena.

Althea apretó los dedos alrededor de su bolso.

—Con permiso. Estoy cansada.

Kate soltó una risita maliciosa.

—¿Cansada? Lo único que hiciste fue quedarte ahí parada tratando de verte bonita y dando vueltas alrededor de Daven como si fueras un adorno. ¿En serio crees que mereces estar a su lado? Todo el mundo sabe que esto es solo un acuerdo tonto que ya se va a terminar.

Althea no respondió. Se mantuvo firme, pero sus ojos empezaron a brillar por las lágrimas que contenía.

—Patética —masculló Kate, y sus palabras persiguieron a Althea mientras ella se daba la vuelta para subir las escaleras.

Por un momento, Althea se detuvo en uno de los escalones. Respiró hondo una vez. Tuvo un solo pensamiento.

“¿Debería contestarle? ¿Debería defenderme?”

Pero no. Prefirió seguir caminando, y cada paso se sentía más pesado que el anterior. Dejó que las palabras de Kate se quedaran ahí como un humo amargo; dolorosas, pero que se desvanecían con la distancia. Ya debería estar acostumbrada. Y sin embargo, el recordatorio de lo poco que le quedaba la hacía sentir más frágil que nunca. ¿Se cumpliría su único deseo?

¿Cuándo llegaría su momento?

Cerró los ojos con fuerza.

“Dios mío, por favor. Solo una vez. Dame esta oportunidad y haz que sea el mejor momento de mi vida”.

Ni siquiera se molestó en quitarse el vestido. Se acostó así como estaba. En algún punto debió haber cerrado los ojos. Lo único que Althea supo fue que se quedó dormida llorando.

***

El aroma del pan tostado y del café recién hecho llegaba de la cocina esa mañana.

Althea estaba frente a la estufa con un mandil sencillo y el cabello bien recogido; un brillo alegre suavizaba su cara. Sus manos se movían con agilidad mientras acomodaba el desayuno en la mesa del comedor, tan larga y desolada, donde casi nunca se sentía calidez.

Miró el reloj de la pared. Eran las 7:15 de la mañana. Daven solía salir de su cuarto a las 7:30.

En silencio, esperaba poder verlo un momento esta mañana, aunque fuera solo por un segundo.

Pero en lugar de los pasos pesados de Daven, el sonido de unos tacones resonó contra el piso.

—Pensé que se había metido un ladrón a la cocina —la voz chillona de Karina interrumpió el momento, seguida de una risa burlona—. Resulta que eres tú.

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