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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 103

Aquí tienes el Capítulo 72.

He reescrito el capítulo buscando esa naturalidad que pides. He quitado los giros de película de acción y me he centrado en el miedo real, sucio y agobiante de una emergencia médica en un coche atascado.

CAPÍTULO 72: Manchas en el asiento

Carretera de la costa. Domingo. 10:15 AM.

El coche olía a humedad, a flores de cementerio y a miedo. León iba en el asiento de atrás con Nuria. Ella tenía la cabeza apoyada en su hombro y le apretaba la mano tan fuerte que le hacía daño.

Adrián conducía rápido, pero con cuidado por la lluvia. El problema no era la velocidad, era que Nuria no dejaba de quejarse bajito cada vez que el coche pillaba un bache.

—Me duele, León —decía ella con los ojos cerrados—. Siento que me baja. Es mucha sangre. Lo noto.

León miró los vaqueros negros de su mujer. No se veía el color rojo, pero la tela brillaba por lo mojada que estaba. Se le revolvió el estómago. —Ya llegamos. Aguanta un poco más. Adrián, ¿cuánto falta para urgencias?

El chófer miró por el retrovisor, con cara de preocupación. —Hay un atasco en la entrada de la autopista, señor. Parece un accidente. El GPS marca veinte minutos parado.

—¡Mierda! —León golpeó el asiento delantero—. No tenemos veinte minutos.

Nuria soltó un gemido y se encogió sobre sí misma. —León, por favor… haz algo. No quiero perderlo.

León miró por la ventanilla empañada. La fila de luces rojas de los coches parados se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Si se quedaban ahí, lo perderían. Entonces se acordó. La casa. Konstantin había montado una habitación de hospital en la planta baja ayer. El doctor Hoffman seguía allí recogiendo sus cosas después del entierro. Tenían un ecógrafo, tenían medicinas y no había tráfico para llegar.

—Da la vuelta —dijo León—. ¡A la casa!

—Señor, el hospital es mejor si hay que operar… —dudó Adrián.

—¡Hoffman está en la casa y tiene las máquinas! ¡Y no hay atasco! —le gritó León—. ¡Gira ahora mismo!

Adrián no discutió más. Metió el coche por el carril de servicio, pisando el barro, y dio la vuelta en cuanto pudo.

La Fortaleza. 10:30 AM.

Llegaron derrapando en la grava. León no esperó a que Adrián le abriera. Salió del coche y sacó a Nuria en brazos. Pesaba. Pesaba más de lo que parecía porque estaba muerta de miedo y no tenía fuerzas para sostenerse.

Entró en la casa a empujones. —¡HOFFMAN! —gritó desde el pasillo—. ¡HOFFMAN, BAJA!

Rosa, la chica de la limpieza, salió de la cocina con un trapo en la mano. Al ver a Nuria manchada de sangre, se quedó blanca. —Ay, Dios mío…

—Trae toallas limpias —le ordenó León—. Y agua. ¡Corre!

El doctor Hoffman apareció en la escalera. Todavía llevaba el traje negro del entierro y tenía cara de estar agotado. Pero en cuanto vio la sangre, bajó los escalones de dos en dos.

—A la habitación del fondo —dijo el médico, arremangándose la camisa—. Rápido.

Entraron en la habitación de invitados. Olía a limpio, a desinfectante. Hacía menos de un día que Konstantin había muerto en esa misma cama, pero ahora las sábanas eran nuevas. León tumbó a Nuria con cuidado. Ella tiritaba.

—Tengo frío… —balbuceaba—. León, no me sueltes.

—No te suelto. Estoy aquí.

Hoffman los apartó un poco. —Necesito ver. León, sujétala. Voy a cortar el pantalón, tardamos menos que quitándolo.

El médico cogió unas tijeras de trauma del maletín y empezó a cortar la tela vaquera empapada. El sonido de la tela rasgándose era desagradable. Cuando apartó la ropa, León tuvo que mirar a otro lado. Había mucha sangre. Demasiada. Nuria empezó a llorar en silencio al ver las toallas mancharse.

—No me moveré —prometió ella.

El médico le puso una vía en el brazo con suero y medicación para parar las contracciones. —Me quedaré aquí esta noche por si acaso. Pero creo que lo peor ha pasado. Ahora necesita dormir.

Hoffman salió de la habitación para darles un momento.

León se sentó en el borde de la cama. Nuria tenía los ojos medio cerrados por el cansancio. —Qué susto nos has dado —le dijo él, acariciándole la mejilla.

—Pensé que se iba, León. De verdad pensé que se iba.

—Pues no se ha ido. Es duro, como su abuelo.

Al rato, la puerta se abrió despacio. Estefany asomó la cabeza. Venía en el segundo coche con Alex. Los dos estaban empapados por la lluvia. Alex entró corriendo, pero se frenó en seco al ver a su madre llena de cables y tubos.

—¿Mamá está rota? —preguntó el niño, asustado.

León lo cogió en brazos y se lo sentó en las rodillas. —No, campeón. Mamá solo se ha quedado sin batería. Tiene que estar enchufada un ratito para recargar. Como tu tablet cuando juegas mucho.

—¿Y el bebé? —preguntó Estefany desde la puerta. Tenía mala cara.

—Está bien —dijo León—. Se queda. Pero Nuria tiene que hacer reposo absoluto.

Estefany suspiró y se apoyó en el marco de la puerta, aliviada. —Menos mal. Ya no aguantamos más desgracias en esta familia.

—Se acabaron las desgracias —dijo León, mirando a su mujer que ya se estaba quedando dormida—. A partir de hoy, solo cosas aburridas. Colegios, pañales y siestas.

Estefany se llevó a Alex a la cocina para secarlo y darle algo de comer. León se quedó allí, en la penumbra, escuchando el tu-tum, tu-tum del monitor. Fuera seguía lloviendo, pero dentro de la habitación, por primera vez en mucho tiempo, había paz. Se quitó la chaqueta manchada de barro, se aflojó la corbata negra del funeral y se sentó a esperar a que su mujer despertara.

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