CAPÍTULO 10: La señora Sheppard
“¿De verdad piensas que yo le habría regalado un Ferrari a tu amante?”
Era como el subtítulo de un reality show en el que él al final acabaría suplicando que la tierra se lo tragara.
Henry se giró hacia Julie Ann, buscando en sus ojos alguna señal de que aquello no era cierto. El corazón le latía con fuerza y no podía creerlo, no quería creerlo…
Ella lo miró directamente, con las cejas levemente fruncidas, como si estuviera ofendida por la mera insinuación. Su postura era rígida, las manos entrelazadas sobre el regazo, pero sus dedos se movían inquietos.
—¡No sé de qué está hablando! —dijo midiendo cada palabra, con la voz de una muñequita rota y ofendida—. ¡Está inventando todo eso para inculparme de algo! ¡Henry, amor… tú sabes que yo nunca podría tener su tarjeta…!
El tono sonaba convincente, pero había una tensión en la forma en que respiraba, un parpadeo rápido que Henry no supo si interpretar como nerviosismo o simple indignación. Sentía un nudo en la boca del estómago, ese tipo de presión que uno reconoce cuando la verdad y la mentira empiezan a mezclarse hasta cruzar las líneas.
Rebecca ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa condescendiente.
—De hecho, tú y toda la familia Sheppard, a excepción de tu amor, claro, son los únicos que realmente saben cómo se usó esa tarjeta, porque Carlotta se encargó de quitármela a pocos meses de la boda —replicó con un tono que unía el fastidio con la lástima—. Pero mejor dejemos que mi abogado continúe.
La mandíbula de Henry se tensó involuntariamente. Odiaba que ella hablara con esa seguridad, no quería creerle, Julie Ann jamás le mentiría y su madre… ¡su madre tenía su propia tarjeta y era muy austera!
Pero John Anders, con una carpeta ya abierta, se paseó por la sala, levantando la voz para que se enterara hasta el perro guardián del juzgado. Y Henry sintió que ese silencio alrededor era como un telón que estaba a punto de levantarse para revelar algo que preferiría no ver.
—Vamos a repasar algunas facturas —anunció, hojeando el documento—. Aquí tenemos, por ejemplo, una compra de un collar de perlas en Cartier, Nueva York… treinta y dos mil dólares.
—Lo estrenó tu madre en la cena de Navidad el año pasado ¿te acuerdas? —apuntó Rebecca pestañeándole a Henry con descaro.
Él giró lentamente la cabeza hacia su madre, que levantó la barbilla y apretó los labios indignada, pero sin negarlo.
La sensación fue como recibir un golpe seco en el pecho; era un detalle pequeño, pero suficiente para que la chispa de la certeza empezara a arderle en la mente.
—Aquí hay otra —continuó el abogado—, dos bolsos de edición limitada de Hermès, sesenta mil dólares en total.
—¡Uy, los bolsos gemelos que llevaron tu amante y tu hermana a la semana de la moda! De eso también te acuerdas ¿verdad? —Pero Rebecca no quería recuerdos, quería destrucción.
—¡Es mentira! —exclamó Chelsea con la voz crispada cuando su hermano la miró—. ¡Eso no fue así!
Henry se inclinó hacia adelante, sintiendo cómo la sangre le subía a las orejas.
—¿Entonces quién demonios hizo esas compras?
Henry sintió que el suelo bajo sus pies dejaba de ser firme mientras veía las expresiones asustadas de su familia. ¿¡Por qué carajo estaban asustados?!
Miró a Rebecca y de pronto la idea de que todo lo que había usado para atacarla pudiera volverse en su contra lo dejó sin aire. Pero no tuvo tiempo de pensarlo mucho porque el juez era de lo que prefería quitarse las pulgas pronto y enseguida hizo pasar a aquellos siete testigos.
La puerta del fondo se abrió, y entró el primer gerente, un hombre elegante que saludó con un apretón de manos al padre de Henry.
—Encantado de verle de nuevo, señor Sheppard —dijo con amabilidad.
Henry tragó saliva, sintiendo un sabor metálico en la boca. Y Rebecca se recostó en la silla, cruzando las piernas con lentitud, mientras otro gerente pasaba y saludaba a Chelsea, a Julie Ann y a Carlotta con la misma efusividad.
La escena, para Henry, era como ver un rompecabezas encajando pieza por pieza… y él resultaba ser la última persona en comprender la imagen. Uno tras otro, los encargados confirmaban con gestos y sonrisas a quién habían atendido realmente, y él parecía ir hundiéndose centímetro a centímetro en su asiento.
El último en entrar fue un hombre alto, trajeado, con el porte de un CEO de lujo. Caminó hacia el frente, y al pasar junto a Julie Ann, se detuvo con una sonrisa amplia.
—¡Ah, señora Sheppard! —dijo, con tono de confianza—, el collar de diamantes que nos encargó hace unas semanas ya llegó. Le va a encantar, es una pieza exquisita. Cuando guste puede pasar por él.
La sala se quedó muda y Henry levantó la vista hacia Julie Ann, que tenía las mejillas encendidas, mientras su título de Señora Sheppard le daba tooooodo un nuevo sentido a aquel juicio.
—¿Señora... Sheppard?

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