CAPÍTULO 11: Una historia en una imagen
Los ojos se Julie Ann iban desorbitados desde Henry hasta los gerentes, y del otro lado del pequeño pasillo de la audiencia, a Rebecca solo le faltaban las palomitas. ¡Porque vaya que estaba bueno el show!
—¿Señora… Sheppard? —murmuró Henry y la pregunta tenía un tono de acusación que no podía evitar.
No era que no pensara convertirla en su esposa, después de todo la amaba, era la madre de su hijo… pero eso era diferente a que hubiera asumido una identidad que todavía no era suya o que usara la tarjeta de Rebecca.
Pero no había tiempo para las elucubraciones, porque al parecer Jonh Anders se parecía al juez en eso de querer zanjar las cosas. Sentó a todos los gerentes a un costado como si fueran un jurado, y ni corto ni perezoso los interrogó a todos a la vez.
—Por favor, su nombre y ocupación —pidió el abogado con voz grave y pausada.
—Richard Sutten, gerente general de Joyas Imperial —respondió el primer hombre, con un dejo de orgullo.
—Wester Hollimay, CEO de la sucursal de Ferrari en América —dijo otro y como ellos los demás fueron presentándose.
Henry no tenía idea de qué hilos había movido el abogado de Rebecca para reunir a todos aquellos hombres en el mismo lugar, pero su identidad no se podía discutir.
—Señor Sutten, ¿reconoce usted a esta persona? —preguntó el licenciado, haciéndole un gesto a Rebecca para que se pusiera de pie.
El hombre la miró con atención y negó.
—No, jamás he visto a la señorita.
—¿Y usted, señor Hollimay? —insistió Anders.
—No, no la conozco.
Otras cinco respuestas negativas despertaron los murmullos de la audiencia antes de que Rebecca volviera a sentarse.
—Señor Sutten ¿reconoce este recibo? —preguntó Anders, mostrándole un documento, y el gerente lo revisó con paciencia.
—Sí, claro —contestó sin vacilar—. Es de una compra en nuestra tienda, hace unos meses. Una pulsera de esmeraldas.
Rebecca se echó hacia adelante con gesto teatral y Henry siguió su mirada para ver la pulsera en la muñeca de su hermana Chelsea.
Vio a su hermana ponerse roja como una fresa, y a su lado Julie Ann se movió nerviosa en su asiento, apretando las manos sobre el regazo, tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Podría decirnos con qué tarjeta se hizo el pago? —continuó Anders.
—Con la tarjeta que siempre usan los Sheppard para sus compras —apuntó el abogado sacando su propia factura de la empresa—. Esta es.
—Muchas gracias —le sonrió el abogado mostrando la factura al juez, que por supuesto coincidía con la tarjeta de Rebecca—. ¿Quiere decir en voz alta a nombre de quién está esa tarjeta?
El gerente frunció el ceño sin entender tantas preguntas, pero no tardó en responder.
—Claro, la tarjeta está a nombre de la señora Sheppard.
Un murmullo se escapó entre los presentes y Anders no perdió tiempo.
—Por favor, señor Sutten, ¿sería tan amable de señalar a la señora Sheppard en esta sala? —le pidió.
El gerente giró lentamente la cabeza y, sin titubear, extendió el brazo hacia Julie Ann.
Henry cerró los ojos y el recuerdo lo golpeó con una claridad cruel: Rebecca, sentada en el borde de la cama, pálida, diciendo que no se sentía bien. Él, convencido de que era una excusa, acercándose para besarla con brusquedad, más para callarla que por afecto. Ella, susurrando que no se fuera. Y él… yéndose.
Al día siguiente, alguien le había dicho que estaba internada en el hospital, pero él ni se había molestado en ir a verl. Ni una llamada. Ni una visita. Porque para él todo lo que venía de Rebecca era solo una trampa, no era real.
—Esto es una vergüenza… —se escuchó el siseo en la audiencia.
—Ella no fue la que gastó una fortuna…
—Fueron los Sheppard…
—Y trataron de culparla…
—¡Lo que debe haber vivido la pobre…!
—¿Te imaginas qué más le habrán hecho?...
—¡¡¡CÁLLENSE, USTEDES NO SABEN DE LO QUE HABLAN! —rugió Carlotta levantándose y Henry hundió la cabeza en las manos apoyando los codos en la mesa frente a él.
Pero el asunto era demasiado claro, y el juez era el primer indignado por eso.
—Señora Callaway, revisando su situación y a la luz de estas pruebas… creo que mi siguiente pregunta es más que válida. Sé que no pidió nada de su matrimonio, pero le otorgo la oportunidad de presentar cargos por adulterio contra el señor Henry Sheppard.
La tensión en la sala era tan espesa que parecía que todos contenían la respiración, y Henry sintió un sudor frío recorriéndole la espalda, mientras el juez miraba a su futura exesposa con una determinación implacable.
—¿Qué quiere hacer, señora Callaway?

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