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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 12

CAPÍTULO 12: Pago por un servicio deficiente

Los murmullos se acallaron en un momento, porque esa era una oferta que nadie esperaba, en especial cuando ya las partes se habían puesto de acuerdo, pero al parecer el juez no se estaba tomando bien eso de que la amante tuviera tanto descaro. Y por suerte o por desgracia, Julie Ann no tenía mucho criterio, porque de repente se levantó como un resorte, y se adelantó un paso, con la barbilla alta y ese aire de quien cree que puede enderezar la situación con solo abrir la boca.

—¡Su Señoría, por favor, eso no es justo! —protestó, señalando a Henry como si necesitara reforzar su punto—. Él no le fue infiel a Rebecca en ningún momento. De hecho jamás tuvo nada con ella desde el inicio… ¡no se merece que lo acusen de adulterio!

El juez la observó con una ceja arqueada, claramente conteniendo una maldición.

—Por fortuna —respondió con calma—, no es así como funcionan las leyes, señorita Short. Si el señor Sheppard no pretendía tener un matrimonio verdadero… —El juez hizo una pausa breve para mirar a Henry—, entonces que no se hubiera casado con ella.

El rumor recorrió la sala en un segundo, y allí mismo el adjetivo “interesado” cambiaba de bando. Henry tragó saliva, queriendo que la tierra se lo tragara, mientras Julie Ann lo miraba como si esperara apoyo.

—Señoría, no lo juzgue sin saber —insistió—. ¡Henry tuvo que hacerlo!¡Si no, habría perdido su empresa!

El juez sonrió con un sarcasmo tan sutil como afilado.

—Pues al ritmo que usted gasta, señorita Short, me imagino que el señor Sheppard se habrá dado cuenta de que usted no lo miraría dos veces si fuera pobre. ¡Ya me imagino por qué no quería perder su empresa!

Las risas se esparcieron por la sala como una chispa en pasto seco. Julie Ann abrió la boca para replicar, pero Henry se giró, dirigiéndole una mirada que era una clara advertencia de que se callara. Su gesto no fue por amor ni por protección: era puro instinto de supervivencia ante la humillación pública.

—Señora Callaway, espero su respuesta —insistió el juez y Rebecca se puso de pie con tranquilidad, alisando su vestido como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Su Señoría, permítame una pregunta —dijo con voz clara—. Si yo lo acusara de adulterio… —Rebecca ni siquiera miró a Henry mientras hablaba de él—, ¿qué ganaría exactamente?

El juez carraspeó, acomodándose en su asiento.

—Bueno… con una demanda por adulterio, usted tendría derecho a la mitad de todos los bienes del señor Sheppard, incluyendo propiedades, cuentas y acciones.

—¿Y yo qué haría con la mitad de sus bienes, Su Señoría? —Rebecca le hizo una mueca llena de sarcasmo—. ¿No ve que está llorando por siete millones?

Henry giró la cabeza hacia ella como si la hubiera escuchado declararse extraterrestre o algo así. ¿Cómo podía insinuar que siete millones eran pocos ¡si ella estaba en la ruina!?

—Y supongo que todo eso significaría meses, tal vez años de litigios, ¿verdad?

—Es posible. Dependiendo de las pruebas y las apelaciones… sí, podría tomar un tiempo —confirmó el juez.

Rebecca se tomó un momento para mirar a Henry a los ojos, y esa mirada lo desarmó más que cualquier palabra.

—Entonces no vale la pena —sentenció con voz tajante—. Eso significaría seguir enredada con él y con su familia, y eso es más de lo que estoy dispuesta a sacrificar por dinero —se rio—. Además, se lo pongo de esta manera: si un médico lo opera y le arranca un cáncer, ¿usted lo demandaría por dejarle una fea cicatriz?

Alguien en las filas traseras soltó un silbido bajo, porque definitivamente llamar “cáncer” a los Sheppard no era muy desacertado.

—Entonces déjelo con su amante, su bastardo y sus padres ladrones —sentenció Rebecca mirando a Henry a los ojos—. Yo prefiero irme muy orgullosa de mi cicatriz, porque significa que sobreviví.

Henry lo miró, confundido.

—¿Diez mil?

—Sí. Dos mil setecientos cincuenta y seis para cubrir lo que te debo… y los otros ocho mil son por el valor de tus noventa y nueve besos. —Esbozó una sonrisa fina—. No creo que merezcas más… a fin de cuentas fueron un servicio muy... deficiente.

Hubo una oleada de murmullos, algunas risas sofocadas y miradas cómplices entre los asistentes. Henry no movió un solo músculo para recibir el cheque y Rebecca, imperturbable, dio un paso más y empujó el papel contra su pecho hasta que él tuvo que sujetarlo.

—No lo pierdas, tal como han resultado las cosas… vas a necesitar cada centavo.

Henry sintió el papel frío contra su camisa y, por alguna razón, esa sensación le resultó más humillante que cualquier palabra. Y como si eso no fuera suficiente, para darle la razón a Rebecca, Julie Ann apareció detrás de él, lo agarró del brazo y tiró de Henry para apartarlo.

—Ya conseguiste lo que querías —le dijo a Rebecca con tono venenoso—. Ahora lárgate.

Rebecca la miró unos segundos, como si estuviera evaluando si valía la pena gastar saliva, y luego soltó una breve carcajada.

—¿De verdad crees que aquí terminan las cosas? —le preguntó antes de girarse hacia su abogado con una señal clara, y la voz de John Anders se alzó en la sala de audiencias.

—Su Señoría, ya que el juicio de divorcio ha terminado, creo que lo más prudente sería pasar a otro tema: Mi clienta quiere establecer una nueva demanda… contra otra persona.

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