CAPÍTULO 13: Un trato justo
Todas las cabezas se giraron hacia ellos y los que estaban poniéndose de pie para irse, corrieron a sentarse de nuevo, porque el espectáculo no había terminado y era evidente que estaba a punto de ponerse mejor.
¿Otra demanda?
Ya Rebecca Callaway había probado ser inocente, así que eso significaba que lo siguiente sería un desquite de los buenos. La sala se impregnó de un silencio espeso, pero no era calma: era la tensión de un público que acababa de presenciar un divorcio con más giros que una telenovela de las de antes y sabían que venía el giro inesperado.
El abogado Anders se sacó una nueva carpeta con parsimonia, se ajustó la corbata y, con un tono que sonó casi inocente, dijo:
—Su Señoría, mi clienta desea interponer una demanda por usurpación de identidad contra la señorita Julie Ann Short.
El murmullo que se levantó fue casi físico, como una ola que chocó contra las paredes del juzgado. Varias personas se inclinaron hacia sus acompañantes para comentarlo en voz baja.
Y Julie Ann, que hasta ese momento había intentado mantener el mentón alto, abrió los ojos con incredulidad y se tambaleó, agarrándose del respaldo de la banca más cercana.
—¿¡Qué…!? —exclamó, rompiendo su educada compostura y olvidándose de a quién tenía delante.
Pero Anders continuó sin inmutarse:
—Ya tenemos sobre la mesa todas las evidencias necesarias: las declaraciones de los gerentes de las tiendas, los videos de seguridad incluso del concesionario donde compró el coche; y el cotejo de su firma en los recibos es solo un protocolo menor que se puede cubrir en un par de días —aseguró—. Es mejor aprovechar ahora que el asunto sigue calentito y resolverlo. Después de todo, si no se hubiera aclarado esto, mi clienta habría tenido que pagar la injusta suma de siete millones de dólares y de no tenerla, habría ido a la cárcel. ¿Cierto?
Henry sintió que el estómago se le encogía. No era sorpresa… pero escucharlo así, tan claro y directo, le dio un golpe de realidad que no estaba preparado para encajar. La respuesta era “Sí”, si Rebecca no hubiera tenido cómo pagarle esos siete millones la otra opción habría sido la cárcel.
¿Habría tenido valor para mandarla ahí?
Miró a Julie Ann de reojo y ella le devolvió la mirada con desesperación, como si con eso pudiera arrastrarlo a su lado.
El juez, que llevaba todo el día con la expresión de quien preferiría estar en otro lado, se enderezó y dejó caer la pluma sobre la mesa.
—Es obvio que esa demanda procede —dijo con un suspiro breve, como quien quita una curita de un tirón—. Reuniré toda la evidencia para pasársela al juez que sea designado apra encargarse del caso, no se preocupe.
Los Sheppard lo miraron incrédulos e incluso Chelsea se dio el lujo de mascullar entre dientes un:
—Esto es ridículo...
Pero el juez, ni corto ni perezoso, les hizo una seña a los guardias del juzgado.
—Lleven a la señorita Short a la comisaría —ordenó—. Y, para ser un poco sarcástico… —sus labios se curvaron apenas—, le impongo una fianza por el valor del Ferrari que compró usurpando la identidad de la señora Callaway.
—¡Claro que tengo! ¡Está debajo de esta preciosura de pechos! Solo que no es para todo el mundo —respondió encogiéndose de hombros—. Te lo voy a poner muy simple, Carlotta. ¿En los últimos días ustedes no se cansaron de decirme que merecía estar en la cárcel por gastar el dinero de Henry?
Su exsuegra parpadeó, desconcertada.
—Eso no es lo mismo…
—¿Ah no? —la interrumpió Rebecca con un gesto de lástima—. ¿Entonces tu sentido de la moral es tan convenenciero, que no quieres que vaya a prisión quien de verdad cometió un delito… solo porque es la amante de tu hijo?
Un murmullo colectivo se levantó otra vez, como si el público estuviera viendo un partido y acabara de caer un gol. Henry apretó la mandíbula, incómodo y entonces Rebecca lo miró a él sin una pizca de vacilación.
—Y no solo ella cometió un delito, mi queridísimo exesposo. Tus padres y tu hermana también. Deberías estar besando el suelo por donde piso para que no los denuncie a ellos también. ¡Aunque ese sea justo el trato que merecen!
Y Henry lo supo entonces, no lo hacía por ser buena, sino porque tenía algo mucho peor que una demanda preparado para ellos. Bajó la vista y algo en su pecho se hundió, aunque no supo si era tristeza, vergüenza o simplemente la sensación de haber perdido el control de todo.
Rebecca se dio media vuelta y empezó a caminar hacia la puerta. Sus tacones resonaban en el mármol, y cada paso parecía alejarla no solo de la sala, sino de toda esa parte de su vida.
Y no miró atrás ni una sola vez mientras los policías sujetaban a Julie Ann por los brazos y ella forcejeaba y volteaba la cabeza buscando a Henry.

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