CAPÍTULO 14: Un poco de vergüenza y otro de realidad
Henry estacionó su coche frente a la comisaría con un peso en el pecho que le apretaba más que el cinturón de seguridad. No recordaba la última vez que había sentido tanta vergüenza y rabia al mismo tiempo. La fachada gris del edificio, con sus ventanales sucios y un par de policías fumando en la entrada, le pareció como el final de un mal chiste.
Había entrado al juzgado con la arrogancia rozando las cenefas del techo, listo para hundir a la mujer que le había rruinado la vida, y ahora resultaba que estaba en una comisaría para pagar la fianza de una mujer completamente diferente.
Bajó del auto despacio, como si así pudiera retrasar lo inevitable. Se metió las manos en los bolsillos y caminó hacia la entrada, sintiendo que sus pasos pesaban una tonelada cada uno. El murmullo de las conversaciones dentro, el eco de las botas sobre el piso, todo le parecía amplificado.
Habló con algunos oficiales, esperó a que el licenciado Sagan hiciera las gestiones y luego lo dejaron ver a Julie Ann, que estaba en una pequeña salita de detenciones. Tenía el maquillaje corrido, los ojos hinchados y las manos aferradas con fuerza a la cadenita pequeña entre las esposas. En cuanto lo vio, se lanzó hacia adelante, apretando la mejilla contra su pecho.
—Henry, por favor —sollozó, la voz rota—. ¡Sácame de aquí! Paga la fianza, no puedo estar ni un minuto más en este lugar, es… asqueroso.
Él la abrazó de vuelta, pero algo dentro se le revolvió sin que pudiera evitarlo. No era solo enojo. Era decepción, una herida que no esperaba que viniera de ella. Bajó la vista un instante, y trató de ordenar las palabras antes de hablar mientras se separaba un poco.
—¿Por qué no me dijiste que estabas usando la tarjeta de Rebecca? —preguntó al fin, con la voz baja pero cargada.
Julie Ann parpadeó un par de veces, como si la pregunta fuera absurda.
—¿Y por qué te lo diría? —replicó, alzando la barbilla con arrogancia—. ¡Esa tarjeta debió ser mía desde el principio! ¡Si no estamos casados desde hace dos años es por culpa de esa bruja de Rebecca! ¡Todo el mundo sabe que yo soy la que debió ser tu esposa!
Henry frunció el ceño, y cada músculo de su cuerpo se contrajo como si las paredes se cerraran sobre ellos.
—¡Pues sí, pero una cosa es eso, y otra muy diferentes es culparla de gastar lo que tú gastaste! ¡Si querías una maldita tarjeta me la podías pedir! ¡Jamás en mi vida he sido tacaño contigo! ¿Cuál era el punto de decirme que era Rebecca quien gastaba?
—¡Ella era tu esposa! —espetó Julie Ann mientras gruesas lágrimas salían de sus ojos y Henry tuvo su respuesta sin que ella necesitara decir nada más.
Lo había hecho porque quería que él la odiara, incluso más de lo que la odiaba por su matrimonio.
—Y por desgracia que tú fingieras ser mi esposa es lo que nos puso en esta posición —murmuró Henry y la máscara de inocencia de Julie Ann pareció resquebrajarse por un segundo hasta que le soltó con un puchero amargo.
—Porque siempre me he sentido de esa manera, y no olvides que tú siempre me has tratado de esa manera. Yo soy la que va contigo a todos los eventos, la que pasea contigo en vacaciones, la que te follas sobre tu escritorio. ¡En tu empresa ni siquiera conocen a Rebecca!
Y el golpe de sus palabras fue seco aunque trataran de parecer una súplica. Henry sintió que le faltaba el aire. Quiso decirle que exageraba, que mezclaba las cosas, pero se dio cuenta de que todo lo que decía era cierto.
Se pasó una mano por la nuca y se giró hacia la puerta.
—Ya pagué tu fianza —dijo al fin, con un tono más cansado que decidido—. Voy a sacarte de aquí, pero tienes que entender que el proceso será largo. Librarte del cargo de usurpación de identidad no va a ser fácil porque encima ya se demostró en un juzgado.
Julie Ann pareció a contestarle cuando, de pronto, se llevó una mano al vientre y dobló ligeramente el cuerpo.

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