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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 15

CAPÍTULO 15. Aliados en las sombras

Rebecca llegó a casa justo cuando el sol empezaba a bajar, tiñendo las paredes de un tono dorado que le recordaba las tardes tranquilas de su infancia… aunque su vida, en ese momento, estaba lejos de ser tranquila. Cerró la puerta, dejó el bolso sobre la mesa de entrada y soltó un suspiro que parecía arrastrar semanas de tensión.

—Todo terminó —anunció apenas vio a su padre, que estaba en el salón leyendo el periódico—. Ya estoy oficialmente divorciada.

Curtis levantó la vista y le dedicó una sonrisa orgullosa; y sin dudar se levantó para abrazarla.

—Eso es, hija. ¡Felicidades!

Rebecca apoyó la frente en el hombro de su padre unos segundos, sintiendo ese calor familiar que había echado tanto de menos. No podía contarle todo el dolor que sentía, porque su dolor no era lógico. Había elegido dejar atrás lo que le hacía daño, lo que la lastimaba, porque entendía que Henry era como una adicción para ella. Cuanto más lo necesitaba, más la lastimaba.

Así que había sido valiente, ese era su consuelo, pero no significaba que estuviera en su periodo de abstinencia.

Su padre se separó un poco y la evaluó con ojos atentos.

—Entonces, dime… ¿ya estás lista para asumir la dirección de los negocios?

Ella soltó una risa breve, pero sin mucha convicción.

—No, papá. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que manejé algo de las empresas. Estoy desactualizada, cansada… no sé si sea el momento...

Pero Curtis negó con la cabeza, seguro de sí mismo.

—No te preocupes, vas a tener la ayuda correcta.

Rebecca arqueó una ceja.

—¿La ayuda correcta?

—Ven por aquí, te tengo una sorprensa.

Su padre la tomó de la mano y la arrastró apresurado hasta la biblioteca; y cuando abrió la puerta, Rebecca se detuvo en seco, con los ojos desorbitados y el corazón encogido.

Allí, de pie junto a una de las estanterías, estaba Seija… su mejor amiga.

Rebecca tardó unos segundos en reaccionar. La última vez que se habían visto había sido dos años atrás, antes de que todo se derrumbara. Y luego, nada. Silencio absoluto. Ella había desaparecido sin dejar rastro.

—¿Seija? —susurró y su padre la empujó a la biblioteca.

—Acabo de traerla de regreso al país. Ella es quien está más al tanto de todos nuestros negocios.

Rebecca avanzó lentamente, sin comprender nada. Seija solía ser una de las grentes más importantes, pero...

—Yo… pensé que nos había traicionado —dijo mirando a su padre y este negó de inmediato.

—Nunca hija, pero cuando las cosas se complicaron, tuve que tomar una decisión. Si yo iba a la cárcel, Seija era la única que podía proteger todas las inversiones que teníamos en el extranjero… y también nuestras “cuentas especiales”. Por eso tuvo que mantenerse lejos.

Rebecca parpadeó varias veces, intentando procesarlo.

—¿Así que todo este tiempo…?

—Estuve trabajando para cuidar de ustedes, solo que desde la sombra —dijo Seija, dando un paso hacia ella—. No podía quedarme o me usarían en la investigación contra tu padre.

Rebecca dejó escapar un suspiro aliviado mientras sus ojos se humedecían y un segundo después abrazaba a su amiga, insultándola de esa forma en que solo las mejores amigas pueden hacer.

—Bueno, ahora que por fin ya estás libre, puedo pasarte todos mis negocios —advirtió Curtis—. Y Seija puede ayudarte a manejar nuestra fortuna.

—Que para este momento es... asquerosamente grande —sonrió Seija dándole un codazo.

—¿Gusaracho? —se rio Rebecca.

—Una mezcla de gusano y cucaracho, ya sabes… porque cuando no está arrastrándose, está dando asco —explicó Seija con una carcajada.

La primera parada fue el club exclusivo del hotel, tres mil dólares solo por entrar, y ninguna de las dos se quejó.

Una vez instaladas en su mesa favorita, Seija se sirvió una copa de vino y la miró con curiosidad.

—Ahora sí. Cuéntamelo todo, con detalles —dijo, inclinándose hacia adelante—. ¿Qué te hizo exactamente el gusaracho para que quisieras divorciarte?

Y cuando le terminío la historia, tan desagradable como cierta, su amiga estaba visiblemente molesta.

—Ese hombre va a arrepentirse de todo lo que te hizo —dijo, casi escupiendo las palabras—. Pero antes… tenemos que sacarte esa espinita.

Rebecca la miró con cautela.

—¿Te refieres a… un clavo que saca a otro clavo?

Pero Seija soltó una carcajada.

—¡Qué clavo ni qué clavo! ¡¿Por quién me tomas?! ¡Yo te voy a preparar una colección de martillos para que elijas!

—¡Eres incorregible!

—Y tú necesitas un poco de mi incorrección —sentenció Seija.

Un par de horas después, cuando entraron a su suite, se encontraron con una plataforma ya preparada y un desfile de cuerpos esculturales.

—¡Hora del show! —exclamó Seija tomando el micrófono que uno de los chicos le extendía—. ¡Tenemos diez purasangres para elegir, y por reglas de la casa, debe llevarse un mínimo de dos! ¡Que comience el espectáculo!

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