CAPÍTULO 16. Un mensaje programado
Ya era de noche cuando Henry salió del hospital. El aire frío le pegó en la cara y le despeinó un poco el cabello, como si la ciudad quisiera recordarle que nada estaba bajo control. Se detuvo un momento en la acera, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando el resplandor rojo de la entrada de urgencias.
Esa noche Julie Ann se quedaría internada, así que tenía al menos doce horas para solucionar con Rebecca el asunto de su demanda. Sabía que no tenía vergüenza para hablar con ella después de que su familia intentara inculparla, pero tenía que intentarlo por el bien de su hijo.
Se subió a su auto y condujo de regreso a su casa como un autómata. La mansión lo recibió más grande y silenciosa que nunca, un silencio que él rompió cuando marcó el número de su exesposa. Uno, dos, tres tonos. Nada. Pero caminaba por el pasillo hacia su cuarto cuando, de pronto, escuchó el timbre de la llamada dentro de la habitación donde solía dormir ella.
Empujó la puerta, frunciendo el ceño. Siguió el sonido y abrió el cajón de la mesita de noche, donde el pequeño aparato sonaba.
—Ni siquiera se llevó su viejo número de teléfono…
Así, ¿cómo se suponía que pudiera contactarla? Bufó con inquietud, y luego pensó en la única persona que tenía motivos reales para conservar sus datos.
—Licenciado Sagan —Saludó apenas le contestaron después de marcar ese número—, necesito la dirección de Rebecca. Ahora.
Pero del otro lado se hizo un silencio incómodo.
—No la tengo, señor Sheppard —respondió su abogado en tono seco—. La última dirección legal de la señora fue su casa; no sé dónde se está quedando ahora.
—¿Y su número de teléfono? —insistió Henry, clavando la mirada en el suelo—. ¿Tiene al menos su nuevo número de teléfono? ¡Es urgente localizarla!
Pero de nuevo, de parte del abogado solo obtuvo una respuesta que no quería.
—No, la verdad es que no lo tengo, pero la forma más fácil en estos días de encontrar a alguien es a través de sus redes sociales —replicó el hombre, con esa mezcla de consejo y regaño—. Revise I*******m, X, lo que sea. O busque su nombre en G****e. Créame, con todo lo que acaba de pasar, es probable que funcione.
Henry soltó una risa corta, sin humor.
—¡Jamás me he metido en sus redes! —admitió, como si eso lo hiciera mejor persona; aunque la verdad era que jamás le había importado lo suficiente. Pero ahora parecía que no había más remedio.
Cortó y sin perder tiempo abrió el buscador de su celular. Tecleó “Rebecca Callaway” con dedos ágiles, probablemente esperando conectarse a sus redes, pero en el mismo instante en que apretó Enter, las noticias saltaron como chispas.
Titulares, fotos, blogs.
“Rebecca Callaway: la divorciada más sexy del momento”,
“Nueva vida, nueva imagen, mismo apellido poderoso”,
“Rebecca Callaway celebra su reciente divorcio en el Vortix”.
Henry abrió ese último con un clic torpe y ahí estaba: una foto nítida de Rebecca entrando al hotel Vortix, el más lujoso de la ciudad. Llevaba un vestido rojo que parecía reclamar los reflectores y la actitud de quien no los necesita.
Y no supo por qué, no supo si era un impulso, una necesidad o una reacción, pero no necesitó más. Cerró de golpe la laptop, tomó las llaves otra vez y salió casi corriendo, con esa urgencia que no sabía si era pánico, orgullo o las dos cosas mezcladas.
Era casi de madrugada cuando le lanzó las llaves de su camioneta al valet parking del hotel Vortix y se fue directo al club. Pero aunque recorrió el lugar de arriba abajo, esquivando meseros y mirando en cada rincón; la realidad era que aquel vestido rojo ya no estaba animando el ambiente.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO