CAPÍTULO 19. Rebecca La Altruista
Henry sentía que el corazón le martilleaba en los oídos, y sus manos estaban hechas puños dentro de sus bolsillos, como si necesitara sujetarse para no desmoronarse ahí mismo. ¡Jamás la había visto de aquella manera! En los últimos dos años incluso había deseado que ella se enamorara de alguien más a ver si se largaba de su vida de una vez, pero ahora…
Aquel gesto suyo tan automático de acariciarse la nuca con dureza, hizo que Rebecca mirara hacia otro lado, y volvió a sentarse con su café en las manos, con una serenidad que desconcertaba.
—Rebecca —murmuró él, con voz baja y conciliadora, una que jamás se había molestado en usar con ella—. Yo sé que Julie Ann actuó mal...
Ella levantó lentamente la mirada de la taza, arqueó una ceja y lo observó como quien examina un objeto que ya no le interesa.
—¿Y qué esperabas? —dijo, con un tono cargado de ironía—. ¿No fuiste tú quien la solapó siempre? ¿O ya olvidaste todas las veces que se burló de mí delante de tu familia, y tú le reías la gracia calladito? La verdadera pregunta, Henry, no es si ella actuó mal, o si tus padres lo hicieron, porque la verdad es que yo no me casé con ninguno de ellos. La verdadera pregunta es: ¿tú sabes que actuaste mal?
El silencio cayó pesado entre los dos y Henry dejó de respirar por un segundo, sintiendo cómo le ardían las orejas. Bajó la mirada un instante, avergonzado, pero enseguida volvió a mirarla con una especie de obstinación.
Rebecca, imperturbable, se llevó la taza a los labios y dio un sorbo, como si la conversación fuera un mero trámite. Esa frialdad lo enloquecía, lo hacía sentir insignificante para la persona para la que antes había sido todo. ¡Definitivamentes se estaba volviendo loco!
—Estoy dispuesto a aceptar el castigo que quieras darme —dijo por fin con un suspiro cargado de determinación.
Ella lo miró con una mezcla de lástima y condescendencia.
—¿Castigarte? —repitió, con un brillo de incredulidad en los ojos—. Henry, ¿de verdad crees que mi vida gira en torno a eso? No, cariño. No me interesa perder mi tiempo en castigarte.
Se inclinó hacia atrás en el sofá, cruzando las piernas con un gesto elegante, y añadió con calma:
—Lo único que me importa es que no puedo dejar pasar algo tan peligroso como una usurpación de identidad. ¿Tienes idea de las cosas que Julie Ann pudo haber hecho con esa tarjeta que estaba a mi nombre? Abrir cuentas, endeudarme, firmar contratos falsos, pagar por un niño en Dark Web… ¡y todo porque tú le permitiste jugar a ser yo!
—Yo no…
—¡Porque tú la acostumbraste a que hiciera lo que hiciera se lo ibas a solapar, se lo ibas a justificar! Así que puede darse el lujo de ser una mentirosa incluso contigo, porque sabe que igual la vas a proteger. ¡Exactamente como estás haciendo ahora!
Henry se llevó las dos manos a la cabeza, restregándose el cabello adelante y atrás, pero la verdad era que no había nada que pudiera rebatir las palabras de rebeca.
—No voy a permitir que nada de eso te toque o te lastime —respondió mirándola a los ojos—. Te juro que nada de lo que haya hecho va a tener consecuencias para ti...
Rebecca le dedicó una sonrisa helada.
—Pues es demasiado tarde para tus promesas —replicó, bajando la voz como si no quisiera gastar energía en discutir.
—¿No quieres saber mi condición? —preguntó ella y Henry cerró los ojos por un segundo.
—Sea cual sea, la cumpliré —cedió, y por su cabeza pasó de todo menos lo que Rebecca realmente iba a pedirle.
—Bien, entonces retiraré la denuncia contra Julie Ann, siempre y cuando todo lo que ella y tu familia compraron con mi nombre… me sea entregado. Creo que eso es lo mínimo, ¿no crees?
Henry se quedó helado por un instante, tratando de procesar sus palabras.
—Rebecca —balbuceó por fin, porque no tenía otra opción que sincerarse—, mi empresa no está en su mejor momento. Yo... contaba con ese dinero para inyectarle liquidez y...
—¡Y ese tampoco es mi problema! —lo interrumpió ella, devorándolo con la mirada—. ¿Por qué todo el mundo piensa que me llamo “Rebecca la Altruista”?
—Escúchame —insistió él, levantando la voz un poco, con un tono casi desesperado—. No se trata solo de dinero. Es la estabilidad de mi gente, de mis empleados. Si lo pierdo todo…
Rebecca lo interrumpió con una risa breve, cargada de desprecio.
—¿Y tú estabas contado con ese dinero? —preguntó sin disimular su incredulidad—. ¡Ay, cosita, si es que de odiarte voy a pasar a tenerte lástima! ¿De verdad creías que Julie Ann iba a vender el Ferrari, los diamantes, las carteras de diseñador y todo lo demás para devolverte ese dinero? ¿Creíste que tus padres y Chelsea venderían todo para darte ese dinero? ¡Es que hasta me atrevería a apostar contigo! ¿Sabes qué? Conozco tan bien a las víboras rastreras a las que tú tanto amas, que me atrevo a hacer una apuesta: Haz un inventario de todo para subastar, si tu madre, tu padre, tu hermana, y tu amante te lo firman, yo retiraré la demanda contra Julie Ann. De lo contrario, todo eso será para mí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO