CAPÍTULO 20. Mitades en conflicto
Henry apretó los puños, bajó la cabeza y respiró hondo. Cada palabra de Rebecca era como una bofetada, un recordatorio de que había sido un ciego voluntario, un hombre dispuesto a tragarse las mentiras para mantener la verdad en la que tanto insistía.
—Yo… —intentó hablar, pero la voz se le atoró en la garganta.
Ella dio un paso hacia él, mirándolo fijamente, con la frente en alto y los ojos encendidos como fuego. Henry jamás la había visto así. Siempre había sido la chica coqueta y dulce que buscaba cruzarse con él mientras trabaajba con su padre, y luego la esposa odiada y sumisa que siempre lo esperaba en una casa a la que él nunca quería volver… y resultaba que ahora que ella no estaba, él tampoco quería volver. Pero jamás había conocido a la Rebecca desafiante, indiferente, feroz.
—Es simple —dijo ella despacio y cada palabra era como una daga—: Apostamos a que pierdes o te vas sin anda. Me entregas los siete millones o tu hijo nace en la cárcel.
Henry levantó la mirada, pálido, sintiendo que el aire se le iba de los pulmones. Pero Rebecca no se inmutó. Tomó lo que quedaba de su café, lo bebió con calma y dejó la taza sobre la mesa como si hubiera cerrado un contrato.
—Ya que tanto amas a Julie Ann —añadió con una sonrisa fría, casi cruel—, no deberías tener que pensarlo mucho.
El silencio que siguió fue insoportable. Henry se quedó de pie, derrotado, con la impotencia clavada en el pecho y la certeza amarga de que Rebecca tenía su destino en la palma de la mano y lo sabía.
—Está bien —respondió con la voz grave, como si le arrancaran las palabras del pecho—. Te daré lo que quieras...
Rebecca esbozó una sonrisa satisfecha, y con un gesto pausado se acercó al escritorio donde había dejado su bolso. Abrió el cierre con calma, revolvió un segundo y sacó una tarjeta blanca con letras doradas.
—Perfecto —respondió, sin emoción en la voz—. Entonces ponlo por escrito y, sea cual sea la respuesta, me la llevas a mi oficina.
Le extendió la tarjeta y Henry la tomó como si pesara demasiado. Leyó la dirección impresa y tragó saliva.
—Ahí está el lugar. Ya sabes dónde encontrarme —añadió Rebecca, esperando a que él se diera la vuelta y se largara, cosa que como no pasó, la obligó a añadir—: Y ahora, cariño… ya te puedes ir.
Él no se movió de inmediato. Se quedó mirándola, con la tarjeta en la mano, sin saber qué hacer. Miró alrededor del cuarto: las sábanas revueltas, el olor a café recién hecho, el albornoz blanco delineando su cuerpo. Todo eso lo golpeó con una mezcla de celos y de impotencia que no admitiría ni bajo tortura. Pero al final se giró hacia la puerta.
—Adiós, Rebecca —murmuró, aunque ella ya le había dado la espalda.
Salió de la habitación, cerró la puerta detrás de sí y caminó por el pasillo como un hombre que no sabe si acaba de perder una guerra o simplemente una ilusión. No entendía por qué se sentía tan dolido, tan desgarrado por dentro, si en teoría él había elegido ese camino mucho tiempo atrás. Él había elegido a otra mujer.
Ni siquiera supo bien cómo llegó a su casa, solo que llegó directo al baño. Se quitó el saco, luego la corbata, y abrió la regadera con brusquedad. El agua fría le cayó encima como un castigo, y aun así no fue suficiente para despejar la maraña de pensamientos.
Cerró los ojos, y de inmediato lo asaltó la imagen: Rebecca, con la boca encendida, besando a los dos hombres que salían de su cuarto. La escena le atravesó el pecho como una daga y dio un respingo, abriendo los ojos bajo el agua como si despertara de un mal sueño.
—¡Maldit@ sea…! —gruñó, golpeando la pared de azulejos con el puño.


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