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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 21

CAPÍTULO 21. Un plan entre manos

Henry no entendía qué diablos le pasaba. Llevaba años jurando que Julie Ann era el amor de su vida, la razón por la que había luchado contra medio mundo, la mujer por la que había soportado humillaciones y discusiones. Y ahora que por fin estaba libre para estar con ella, ahora que no había cadenas legales, ni matrimoniales, ni de reputación, ahora que podía tenerla como siempre había soñado… no quería tocarla.

¿Rebecca tenía razón entonces? ¿Por qué había pasado sus primeras horas como hombre libre, corriendo detrás de la mujer de la que había pregonado a viva voz que se quería librar?

No lo sabía, la verdad era que no lo sabía, pero tampoco podía ver a Julie Ann de la misma manera.

Ella rodeó el espacio que los separaba y su bata de seda arrastró sobre la alfombra; se le acercó con esa mirada de niña caprichosa que solía derretirlo, y le pasó la mano por el pecho, acariciándolo. Él se tensó, como si le hubieran echado encima un balde de agua fría, y Julie Ann lo miró confundida.

—¿Qué pasa, amor? —preguntó con un tono meloso que a Henry, para sorpresa suya, no le produjo nada.

—Se supone que casi pierdes al bebé, estás de reposo, ¿no? —respondió, improvisando una excusa que sonó más convincente de lo que esperaba—. El médico dijo que no debías alterarte. No deberías estar haciendo… ya sabes.

Julie Ann arrugó la boca, molesta.

—Amor, por favor. Unos cuantos besos no van a poner en peligro a nuestro bebé. Además… sé usar muy bien otras partes de mi cuerpo para complacerte…

Pero bastó con que le abriera los dos primeros botones de la camisa para que él retrocediera como si lo hubiera electrocutado.

—Solo vine por una chaqueta, tengo que salir… —masculló aunque esa era la mentira más grande del mundo.

—¿¡A esta hora?! —reclamó Julie Ann confundida.

—Sí, quedé de verme con Camilo en un bar aquí cerca… —carraspeó él buscando en su vestidor la primera chaqueta que apareciera, solo que estaba difícil de encontrar porque ya Julie Ann lo había desplazado para colocar sus cosas.

—¿Con Camilo? ¡Pero si hace años que no ves a Camilo! —espetó ella.

—¡Bueno, pues por eso lo voy a ver, listo! —replicó Henry y un segundo después dejaba aquella habitación como alma que llevaba el diablo en los talones.

Pero lo único cierto en todo aquello era que no podía. No era el bebé, no era el médico, no era nada de eso.

Era él. Algo dentro de Henry había cambiado, y no quería reconocerlo en voz alta.

Escuchó el portazo de Julie Ann y fue a encerrarse en su despacho antes de sacar su teléfono y marcar un número.

—Oye, idiota, ¿estás en la ciudad? ¿Quieres ir a tomar algo? —preguntó cuando escuchó a alguien en la otra línea y después de un momento recibió una respuesta.

“Definitivamente debería tomarme algo fuerte ahora que los muertos están resucitando”, gruñó Camilo. “Estoy en el bar Manhattan del Uper East Side, por si quieres venir”.

—Voy para allá —murmuró antes de tomar las llaves de su coche y salir de la mansión sin mirar atrás.

Y mientras Henry se ahogaba en su confusión, Rebecca estaba de regreso en la casa familiar, con una energía completamente distinta. Su padre la miró intrigado mientras ella entraba en el salón con una sonrisa que parecía no haber mostrado en mucho tiempo.

—Papá —dijo, sentándose a su lado—, traigo un proyecto muy interesante entre manos. Quiero ver si te interesa.

CAPÍTULO 21. Un plan entre manos 1

CAPÍTULO 21. Un plan entre manos 2

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