CAPÍTULO 22. Incómodas verdades
Henry necesitaba aire, necesitaba escapar del silencio pesado de la mansión y de la sonrisa complaciente de Julie Ann que lo perseguía como un fantasma persistente. Así que condujo hasta aquel bar para encontrarse con su mejor amigo de toda la vida, Camilo.
Hacía demasiado tiempo que no se veían, y el reencuentro se sintió raro, como si el tiempo hubiera levantado muros entre ellos.
Camilo lo abrazó fuerte, con ese estilo directo y un poco rudo que siempre lo caracterizaba, porque era de los que no tenían pelos en la lengua para cantar las cosas y esa era la razón principal por la que había preferido guardar la distancia del drama de Henry en su momento.
—¡Milagrosos los ojos que te ve, idiota! —exclamó, alzando la voz por encima de la música—. No sabía de ti desde el desastre de tu matrimonio y eso fue hace dos años.
Henry soltó una media sonrisa amarga.
—Sí, bueno… me imagino que ya sabes cómo terminó.
Camilo le palmeó la espalda y le paso un vaso de whisky bien fuerte.
—¡Ya me enteré! Es la comidilla del momento así que ¡Felicidades por divorciarte! ¡Ya era hora de que te sacudieras esa carga! —exclamó y Henry chocó su vaso antes de beber.
Pero en cuando Camilo bajó su trago y lo miró bien la cara, su sonrisa burlona se borró. Lo conocía demasiado bien, desde que eran niños, así que aquella expresión no le pasaba por alto.
—Espera, espera… —dijo deteniendo a Henry en seco, y apuntándole con un dedo acusador mientras lo miraba a los ojos—. ¡Joder… tú no querías divorciarte!
Y no había ni un rastro de duda de su parte en esa afirmación. Henry se quedó callado, bajando la mirada hacia su vaso de whisky; y el hielo tintineó cuando lo giró con la mano.
—Ya ni sé lo que quiero, Camilo —confesó con un hilo de voz.
Su amigo se rio con incredulidad y negó con la cabeza.
—Hermano, la verdad es que siempre has sido un idiota. Un idiota que jamás ha sabido lo que quiere, y que jamás ha sabido ver bien lo que tiene delante de sus narices.
Henry levantó los ojos, molesto, pero no discutió. Había verdad en esas palabras, y lo sabía.
—Acabo de llegar ¿y ya vas a empezar? —rezongó.
—Nop… nop… tú solito me vas a soltar la sopa —suspiró Camilo—. ¿Qué pasó con Rebecca?
—Rebecca… —Pero bastó con pronunciar su nombre para que este se le atorara en la garganta. Tragó saliva y lo intentó de nuevo—. Rebecca me explotó en la cara, Camilo. Parece que despué de todo no era lo que yo pensaba… no era lo que me decían.
Camilo apoyó los codos sobre la mesa y lo miró de frente, con dureza.
—No. ¡Era exactamente lo que yo te decía, Henry! Pero nunca quisiste creerme. ¿O ya se te olvidó por qué dejamos de hablarnos? —lo increpó frunciendo el ceño.
Eran de la misma edad, pero sus personalidades eran diametralmente distintas. Lo que Henry tenía de magnate, Camilo lo tenía de aventurero. Aun así cada uno había sabido velar por el otro y apoyarlo.
—Ya no puedo hacer nada, Camilo… Julie Ann está embarazada y yo… —se detuvo un segundo, apretando los dientes—. ¡Demonios, me siento como si la pesadilla apenas empezara!
Camilo lo miró en silencio, y como ya había dicho todo lo que tenía que decir, optó por empujar la botella en su dirección.
—OK, ya te regañé. Ahora te consuelo y mañana veremos si te puedo ayudar. Ahora bebe, que sobrio eres muy insoportable.
Y Henry bebió, y las horas pasaron entre tragos y conversaciones incómodos. Por supuesto que bebió más de la cuenta, y cuando la madrugada los alcanzó, Camilo lo llevó en coche hasta la mansión.
—Anda, baja —le dijo, pateándolo para que saliera del auto—. Trata de dormir, que se te vienen días duros.
Henry apenas pudo asentir antes de bajar tambaleante. El coche se alejó y lo dejó en medio de la fría soledad de su casa.
¡Pues dormir era el problema! ¿Dónde exactamente iba a dormir?
Caminó por los pasillos fríos y de repente, sin planearlo, sus pies lo llevaron hasta la habitación que había sido de Rebecca.
La puerta estaba cerrada, pero Henry la abrió despacio, como si temiera y a la vez quisiera encontrarla ahí dentro. El corazón se le encogió al instante: el olor de la mujer que había sido su esposa seguía impregnado en las cortinas, en las sábanas, en el aire mismo. Era un aroma dulce, elegante, inconfundible, que lo golpeó como un puñetazo en el pecho.
Se quedó parado un momento, sintiendo que apenas podía respirar, pero finalmente entró y se dejó caer en una butaca junto a la ventana.
Cerró los ojos y, como un castigo inevitable, regresó a esa idea: el último beso que le debía a Rebecca, el que ella no le había pedido. ¿Por qué ahora de repente solo podía pensar en ese último beso?

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