Entrar Via

EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 22

TODOS LOS BESOS DE TU BOCA. CAPÍTULO 22. La sala del piso 14

Chelsea estaba secando unas tazas cuando la voz de su supervisora resonó desde el otro extremo de la cocina.

—Gillham, necesito que subas al piso catorce con esto —dijo señalando un carrito con una bandeja de café y bocadillos perfectamente acomodados—. Es para una reunión en la sala ejecutiva.

Chelsea la miró con sorpresa, casi incrédula.

—¿Yo? —preguntó, secándose las manos en el delantal.

—Sí, tú. No muerde nadie allá arriba, tranquila —bromeó la supervisora, sin notar el leve temblor en las manos de la joven.

Chelsea asintió y se acercó al carrito. Le dio una última revisada: tazas limpias, servilletas dobladas, bandejas de mini croissants. Todo en orden. Aun así, sentía un nudo en el estómago. Nunca la mandaban tan arriba, pero esa mañana había una invasión de becarios de visita por la empresa y ya se había dado cuenta de que recibir a los chicos de las universidades ponía la cocina de la cafetería de cabeza.

El piso catorce era terreno de ejecutivos, de trajes caros y tacones que resonaban en los pasillos. Así que Chelsea se arregló el cabello, se ajustó el delantal y respiró hondo antes de empujar el carrito hacia el ascensor.

Durante el trayecto, trató de calmarse. Solo entregaría el servicio y se iría. Nadie iba a reparar en una empleada más.

O al menos, eso pensó.

Cuando las puertas se abrieron y entró al pasillo alfombrado, el aire parecía distinto: más frío, más silencioso, más intimidante. El letrero de Sala Ejecutiva brillaba sobre una puerta de vidrio esmerilado. Chelsea tocó suavemente y, sin esperar respuesta, empujó.

Y entonces, la vio.

Rebecca estaba allí, de pie junto a la mesa de reuniones, con los brazos cruzados y el gesto sereno, pero tenso. No había nadie más. Ni ejecutivos, ni asistentes, solo ellas dos.

Chelsea se detuvo en seco. El carrito chirrió apenas al detenerse, y durante unos segundos, el silencio fue absoluto.

Rebecca la observó con atención, sin apartar la vista ni un instante. Tenía esa mirada que podía desnudar una mentira con solo pestañear.

—Cierra la puerta —dijo, finalmente y su voz no sonó fría, pero tampoco cálida. Fue un tono que Chelsea no supo cómo interpretar.

Con el corazón latiéndole en los oídos, obedeció. La puerta se cerró con un suave clic, dejándolas solas, y Chelsea respiró hondo antes de hablar.

—No estoy haciendo nada malo —aseguró con un hilo de voz—. Solo estoy trabajando.

Rebecca la miró unos segundos más, como si evaluara cada palabra.

—No te estoy juzgando por trabajar —dijo, finalmente—. Te juzgo por ocultarlo.

Su cuñada apretó los labios, mirando hacia el suelo.

—No pensé que me contratarían si llegaba gritando a viva voz quién soy —replicó.

Rebecca dio un paso hacia ella y la miró como si intentara descifrarla.

—¿Henry sabe que cambiaste legalmente tu apellido?

Chelsea negó despacio.

—No. No quiero molestarlo con eso, ya bastante tiene con todo lo que está haciendo para levantar su empresa. Yo solo… quiero empezar de nuevo.

Su voz se quebró apenas al final. Rebecca la escuchó en silencio, y por dentro sintió una punzada extraña: una mezcla de tristeza y, en el fondo, un destello de ternura, porque así era ella.

—Espero que entiendas que no ha sido mi intención humillarte —dijo Rebecca con tono más suave—. Pero me parecía un poco sospechoso que estuvieras aquí.

Chelsea asintió sin mirarla.

—Lo entiendo. No quiero problemas, pero... ¿podrías no despedirme? De verdad necesito el trabajo…

Rebecca la interrumpió enseguida con un gesto amable.

—No, no pienso despedirte —dijo con firmeza—. No tengo intención de hacerlo.

Chelsea levantó la vista, confundida.

—No puedo aceptarlo —susurró—. No ahora. No podría pagártelo.

Pero Rebecca negó con un gesto.

—No es para que lo pagues. Es para que recuerdes que todavía puedes cumplir tus promesas. Dijiste que terminarías la universidad, ¿no?

Chelsea asintió, sin poder hablar.

—Entonces hazlo —continuó Rebecca—. No por Henry, sino por ti.

El silencio volvió a llenarlo todo. Chelsea apretó el reloj contra el pecho y, de repente, las lágrimas que había estado conteniendo se desbordaron. Dio un paso hacia adelante y abrazó Rebecca con fuerza mientras el llanto inundaba todo.

Rebecca se quedó inmóvil al principio, sorprendida, pero luego levantó los brazos y le devolvió el abrazo, con un gesto casi maternal.

Durante unos segundos, ninguna dijo nada. Solo se escuchó el leve sollozo de Chelsea y el sonido del reloj cuando ella lo apretó sin querer entre ambas.

Cuando por fin se separaron, Chelsea se secó las mejillas con el dorso de la mano.

—Gracias —murmuró—. No sé qué decir.

Rebecca sonrió apenas.

—No digas nada. Solo no te rindas… y no le vayas con el chisme a tu hermano. Estoy tratando de parecer una mujer fría y sin sentimientos que todavía no lo perdona…

—Pues no te estás metiendo en el papel —replicó Chelsea con una sonrisa mínima.

—¿Verdad que no?

Una pequeña risa creció entre las dos mientras Chelsea se limpiaba las lágrimas y Rebecca le daba una palmadita en la espalda.

—Pues por eso mismo… mejor no le digas nada.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO