CAPÍTULO 23. En shock
Henry estaba tan borracho que ni siquiera notó que se quedaba dormido en la silla, allí en la habitación de Rebecca. La botella de whisky que se había tomado con Camilo le estaba pasando factura. Su respiración era pesada y su cabeza colgaba un poco hacia adelante, como si todo el peso de sus culpas lo mantuviera encorvado incluso dormido.
Y por supuesto que tampoco se dio cuenta cuando Julie Ann se asomó a la puerta, en silencio, sin hacer el menor ruido. Había dormido poco y mal, pensando en dónde diablos podía estar Henry y en lo poco que le gustaba que se reuniera de nuevo con Camilo, pero se quedó helada al verlo allí dormido. Su mirada recorrió la habitación con cuidado; no era difícil imaginar de quién había sido ese espacio. El perfume que impregnaba las cortinas todavía hablaba de Rebecca, y el orden cálido y elegante gritaba su nombre.
Julie Ann apretó los labios con fuerza, sintiendo una punzada de celos. Las palabras de Rebecca, aquella frase lanzada como un veneno cuando ella había ido a buscar a Henry a esa misma casa, regresaron a su memoria:
«Veremos si te sigue gustando tanto cuando sea tu marido».
Viéndolo así, casi parecían una maldición, y Julie Ann murmuró casi sin darse cuenta, con una mezcla de rabia y desafío:
—Henry será el esposo ideal conmigo… porque yo no voy a dejar que ninguna otra mujer se atraviese en mi camino.
Su voz apenas fue un susurro, pero la determinación en su rostro era clara. Lo miró unos segundos más, y luego se fue cerrando la puerta despacio.
Pero hasta que el amanecer entró por la ventana, Henry no se removió en la butaca, adolorido. Abrió los ojos con la confusión natural de la resaca, tenía la boca seca y un dolor de cabeza insoportable. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba y por qué. Negó para sí mismo mientras se levantaba pesadamente, y se dio una ducha rápida, tratando de borrar el olor a alcohol y a derrota.
Cuando bajó al comedor, Julie Ann ya lo estaba esperando, y lo miró con un gesto que mezclaba dulzura y reproche. Solo uno de ellos muy fingido, por supuesto.
—Anoche no me sentí bien —le dijo en cuanto él se sentó—. Apenas pude dormir.
Henry se acomodó la servilleta, sin mirarla demasiado, todavía atrapado en la resaca y en los pensamientos que lo perseguían.
—Voy a llamar a mi madre para que te lleve al hospital —respondió con tono práctico y Julie Ann frunció el ceño de inmediato.
—¿A tu madre? —repitió con molestia—. ¿Y qué demonios tendría que hacer tu madre llevándome al hospital? ¿Ella fue la que se acostó conmigo y me hizo este bebé?
Henry levantó la mirada como si lo hubiera abofeteado, porque toda la dulzura había desaparecido de golpe y solo entonces ella se dio cuenta de que había perdido la paciencia demasiado rápido.
—Tengo trámites que hacer —contestó Henry sin adornos—. Cosas que no pueden esperar.
El silencio se hizo incómodo entre ellos, hasta que por fin Henry determinó que no había desayuno en el mundo que lo hiciera sentirse mejor, y se despidió de ella apresurado para ir directo a ver a su abogado.
El despacho del licenciado Sagan lo recibió con olor a café recién hecho y papeles ordenados en pilas perfectas; y este lo esperaba con gesto cansado, pero cumplidor.
—Esto no fue fácil pero ya está listo. Aquí tienes el inventario completo —le dijo, entregándole una carpeta gruesa—. Todos los bienes comprados con la tarjeta de Rebecca están detallados.
Henry hojeó los papeles, sintiendo el peso de cada cifra, de cada artículo, como si fueran piedras que se amontonaban sobre su espalda. Ninguno de ellos era imprescindible, al contrario, todos eran artículos de lujo, algunos demasiado extremos.
Así que no dijo mucho, solo le agradeció a Sagan con un gesto serio y se marchó con el expediente bajo el brazo.
—¡Basta! —gritó de pronto, golpeando la mesa mientras se levantaba—. ¡Rebecca no fue la que se gastó siete millones! ¡Fueron ustedes!
Todos lo miraron con sorpresa y enojo, como si les estuviera haciendo una traición imperdonable.
—¡Pero nosotros somos tu familia y ella no! ¡Estás dirigiendo tu frustración contra las personas equivocadas! —replicó Chelsea con una mueca venenosa—. ¡La culpable es Rebecca, no nosotros!
—¿De verdad? —Henry los miró a todos, incrédulo—. ¿No se dan cuenta de lo que están diciendo? Por usurpación de identidad pueden darle años de cárcel a Julie Ann. ¡Años! ¡¿Quieren que mi hijo nazca tras las rejas?!
Su madre apretó los labios y por un momento pareció dudarlo, pero finalmente levantó la barbilla sin ceder.
—Ese no es nuestro problema, sino tuyo por no saber lidiar con la zorra de Rebecca.
Entonces el señor Sheppard levantó la voz, furioso, como si dictara una verdad indiscutible.
—¡Henry, somos tu familia! ¡Nosotros te criamos, te hicimos lo que eres! ¡Si esa mujer quiere siete millones entonces dáselos de tu empresa! Pero ¿de verdad vas a hacernos pasar esta vergüenza en lugar de buscar la manera de doblegar a Rebecca?
Henry lo miró con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Sintió un vacío extraño en el estómago, un desconcierto que lo dejaba sin aire.
—Será mejor que guardes esos papeles hijo —añadió Carlotta quitándolos de en medio para servirle café—, porque no vamos a firmar nada.

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